domingo, 18 de mayo de 2008

La retina del recuerdo de un octogenario


Mi amigo Curro, nació en Morón de la Frontera, pueblo situado entre la Campiña y la Sierra Sur sevillana, el 18 de diciembre de 1926, en la barriada del Llanete.

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Cuando solo tenía un año de edad mi madre Carmen me puso en un párvulo donde únicamente había niños de esa edad, porque mi madre tenía que ayudarse económicamente haciendo faena en casa de una tía mía, ya que el jornal que ganaba mi padre no alcanzaba para el sustento de la casa.

Cuando cumplí los tres años de edad,ya empecé a asistir al colegio.El maestro se llamaba Francisco Ferrete y era de Utrera.Al poco tiempo se puso enfermo y se marchó a su pueblo, entonces pasé a otro colegio, en el cual estaba mi hermano Manuel, mayor que yo unos cuatro años, con lo que ya estábamos los dos juntos. Este maestro se llamaba don Manuel Plaza.

Al poco tiempo mi padre Francisco se colocó en un molino de harina y todos los días me mandaba mi madre a por el pan y de camino, cobraba el sueldo que él ganaba descontando el pan que me traía para el consumo diario. De esa manera íbamos pasando la vida, con bastante precariedad. Así estuve hasta que mi padre compró una piara de cabras, unas treinta y seis en total. Tendría unos siete años. Corría el año 1933.

Recordando mi infancia, puedo decir que en aquellas fechas que nos tocó vivir,
no me atrevería a decir que fuera una infancia fracasada, mejor le llamaría frustrada, por los tiempos tan precarios que nos tocó vivir. Lo que más recuerdo fue la guerra civil de 1936. Tenemos un pasado que por desgracia, siempre estará presente.

Como he comentado antes,mi padre tenía una piara de cabras y así él se buscaba la vida y a la vez sostenía la casa de familia compuesta de cinco personas.Yo hablo como su ayudante ya que siempre me tocaba acompañarle con los animales.Un día se puso mi padre a cortar toda la parte de maleza que suelen criar los algarrobos en su parte baja y entre la maleza se encontró un fusil que había servido para la guerra y me dijo: “¡mira hijo lo que me he encontrado!”-y le dije-,“papá ¿qué vas a hacer ahora con eso?”. Él no se atrevía a entregarlo por temor a que fueran a quitarle de en medio, y que no se creyeran que se lo había encontrado. Por esta razón, se lo entregó a una persona conocida y de “buena posición” en aquella fecha, para que lo entregara y dijera que él mismo se lo había encontrado. Evidentemente, a esta persona no le pasó nada.

Por aquella fecha,cualquiera era bueno para quitarle la vida al que se le ponía por delante, porque no cabe en cabeza humana que un cerebro pueda tener tanta inteligencia y a la vez tanta estupidez, afloraban los instintos más primitivos del ser humano.

Recuerdo también que mi padre cuando llegaba el verano compraba los rastrojos para que las cabras pudieran tener pastos y a la vez sitio para pasar la noche.De madrugada, después de que mi padre ordeñara las cabras, me subía a un borriquillo que le prestaron a mi padre y traía la leche a Morón. Pero al día siguiente vino mi madre conmigo, y nuestra sorpresa fue que al llegar a la altura donde se encuentra hoy la fábrica de escayola, junto al cruce con la carretera de Pruna, nos salieron una pareja de milicianos y nos dieron el alto:¡Adónde se va tan temprano!,serían las siete de la mañana.A lo que mi madre contestó diciendo que íbamos a llevar la leche a Morón para venderla. Ellos nos respondieron que en Morón no se podía entrar y nos arrojaron la leche en el suelo y con malos modos “¡que nos largáramos!”.Mi madre les dijo que por Dios no le vaciaran la leche, que por lo menos haríamos queso con ella y les contestaron que ni queso ni nada.Que nos fuéramos para atrás. Morón estaba tomado por las fuerzas nacionales. Era el día 25 de julio de 1936, día de Santiago.

La madrugada del día 26, algunas familias que huyeron del pueblo por la guerra, pernoctaron en el lugar donde frecuentábamos con las cabras llamado “viñas perdidas” y los chiquillos que llevaban las familias empezaron a llorar porque el frío se apoderaba de la poca ropa que ellos llevaban. Entonces mi padre, tuvo la acción de mirar por aquéllos inocentes. Mudó las cabras de establo, se limpió aquello y metió allí a las familias con los niños para que no pasaran frío y acto seguido sacó medio cubo de leche para que las madres le dieran leche a los niños para que entraran un poco en calor.Y las madres quedaron agradecidas por la buena acción de un desconocido.

Al día siguiente vino mi padre a traer la leche a Morón, 26 de julio de 1936 y gracias que no estaban allí la pareja de milicianos,porque entonces le hubiera pasado algo desagradable a mi padre y le hubiera tocado el perder.

Todo el pueblo se salió al campo,las familias habían huido,entonces empezó el saqueo y el robo de los mismos que tomaban parte en la contienda.El desconcierto era total.Las familias con niños pequeños sin tener nada que darle ni donde dormir aquellas noches que duró la huída.El hambre y la necesidad son el mayor sufrimiento que le puede ocurrir a una persona.

Por la tarde, vine yo con mi madre, nos pararon en el fielato (consumo) y nos pusieron una tira de tela blanca liada al brazo.De esa forma pudimos entrar en Morón. Estaban ardiendo las techumbres de la Ermita de Nuestro Padre Jesús y el Convento de Santa María. Y subiendo la calle Fuensanta, se divisaba una humareda negra:era la iglesia del colegio Salesiano que estaba también ardiendo ese mismo día.
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En aquellas fechas había tanto odio y rencor en el ambiente que se vivía con mucho miedo.Había listas en las cuales figuraban los nombres de personas,que los mandaban a llamar y ellos inocentemente se entregaban y en Falange se encargaban de hacer todo lo demás.Existían dos camiones de limpieza pública,que a la vez servían para transportar a las personas que figuraban en las listas.Cuando estos hombres sencillos, campesinos y obreros artesanos que la mayoría no entendían de nada,les decían que ellos habían huido por algo,entonces el servicio de los confidentes que estaba muy bien pagado,actuaba.Se apoderaban de un número de personas –por rencillas antiguas, por odio-, y las conducían a las afueras del pueblo para llevarlas a un lugar conocido por el Puerto de las Cruces, donde se daba lugar a la masacre,siendo fusilados cerca de la misma carretera.Una vez cumplido con el trabajo encomendado, los cargaban ya cadáveres en el mismo camión y lo trasladaban al cementerio para darle inhumana sepultura.

De entre los fusilados hubo uno que cayó desmayado al mismo tiempo que el piquete hacía fuego y haciéndose pasar por muerto oyó todo lo que a continuación narro en este escrito.Habitualmente, el mismo día del fusilamiento a la caída de la tarde los trasladaban en camión al cementerio y en una fosa común volcaban la carga del camión cayendo unos encima de otros.El que se había desmayado quedó debajo de los demás y escuchaba las conversaciones de sus verdugos.Ya avanzada la noche, acordaron pasar revista para ver si habían algunos con vida y viendo que no se movía nadie acordaron dejarlo para las claras del día siguiente y darle al amanecer sepultura a su manera.

Este hombre se llamaba Francisco Cruces, de profesión albañil y me contó que tuvo la suerte de caer debajo de los muertos, con lo que escuchaba todo lo que decían sus verdugos y cuando entró la noche de lleno, que ya no se veía nada -sólo se escuchaba el canto de los grillos- se fue quitando los cuerpos de encima y pudo salir a la superficie metiéndose en el primer nicho que se encontró.Allí estuvo un tiempo meditando y pensando que iba a hacer cuando tomara conciencia de donde estaba. Se salió del nicho, serían las dos de la madrugada y saltó la pared del cementerio y estuvo toda la noche sin parar de correr.Al llegar las claras del día se metió dentro de una alcantarilla de la carretera y allí estuvo hasta que llegó la noche y emprender de nuevo el camino hacia Málaga, que todavía era republicana. Así un día y otro hasta que llegó a su destino y se incorporó a la zona roja hasta que terminó la guerra. Una vez finalizada ésta, lo hicieron prisionero y si pasó en la guerra penurias más pasó en los campos de concentración hasta que le llegó la hora de que lo echaran para su casa. Cuando se encontró en Morón, como había estado en la zona roja, le cargaron el sambenito de ser rojo y por este hecho la gente lo menospreciaba y así estuvo hasta que el paso del tiempo fue curando y cicatrizando las heridas.
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A comienzos de la década de los cuarenta, más concretamente en 1942, se iniciaron las obras del campo de aviación, la futura Escuela de Caza de Morón de la Frontera. Hacía falta mucha mano de obra y uno de los encargados de aquellos trabajos había tenido un hermano en la zona roja y a todo el que había estado en ella se lo llevó allí a trabajar.Así pues, gracias a la benevolencia de ese señor pudieron salir adelante varias casas de familia.

Todavía quedaba el recuerdo de aquellos cuerpos fusilados que habían descansado en el lecho de las piedras llenas de alacranes bajo el manto de la noche con toda su frialdad.

Como quiera que mi madre nunca estuvo de acuerdo en que yo fuera cabrero, habló con un conocido que era albañil y le dijo que cuando tuviera trabajo que me tuviera en cuenta.Desde entonces hasta la edad de 67 años, en que me jubilé, no se me quitó la inquietud de la incertidumbre del trabajo, porque siempre he trabajado de forma eventual.En tiempos difíciles no he tenido cerca de mí un “enchufe” para vivir del cuento y que otro me saque las castañas del fuego como a tantas personas, sin querer señalar a nadie.El mundo laboral siempre ha estado dividido en privilegiados y en no privilegiados.
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En Morón de la Frontera, concretamente en una de sus barriadas, en “El Llanete“, en la confluencia con la calle Humanes, había una capillita muy concurrida por todo su vecindario.Hay que recordar que la conservación y limpieza de la misma quedaba a expensas de los vecinos. En dicha edificación había una hornacina en la que se encontraba la imagen de un Cristo muy querido y venerado por todos los vecinos de dicha barriada y de todas las personas que frecuentaban aquel lugar. Dos mariposeros que permanecían día y noche encendidos adornaban al Cristo para que a la imagen no le faltara la luz.El cuidado de las mariposas estaba a cargo del que fuera gran devoto de la figura,“Tobalito el gitano”,hombre mayor, medio ciego ya en aquella fecha.

Todos los días al caer la tarde, a la hora del crepúsculo,Tobalito cuidaba de que las mariposas quedaran requeridas para que durante la noche no le faltara la luz a su Cristo.Todas las tardes, al toque de oración, se tocaba un cuerno -un asta de toro- que se encontraba colgado dentro de la hornacina con lo que se ponía fin al día. Todos los chiquillos del lugar se dirigían a sus hogares y ya no salían más hasta el día siguiente.
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Recuerdo una pequeña historia que mi madre me contaba. Me decía que el pueblo de Morón se dividía en dos partes: una parte, el barrio alto y la otra, el barrio bajo.El límite empezaba para unos y terminaba para otros en la plazoleta Meneses. Desde allí se abstenían sus gentes de pasar de un lado para otro.Estas reglas sólo valían para los novios que tenían la novia en la parte opuesta.Cuando esto ocurría tenían que pagar una especie de tributo que consistía en obligar al novio a besar un cuerno que ellos portaban cuando estaba hablando con la novia y el que no lo hacía así, quedaba citado para más tarde y batirse con armas blancas, hasta que quedaba un vencedor.La persona que perdía tenía que besar el cuerno delante de la novia, quedando delante de los otros “amariconado”.

Mi madre me contaba que cuando su madre tuvo edad de tener novio, le pasó lo mismo.Ella vivía en la calle Arquillo y el novio en la calle Molinos por lo que pertenecía a la parte opuesta. Una noche que estaba pelando la pava por la ventana de la calle, llegaron tres vecinos del barrio con la cara tapada y obligaron al novio a que besara el cuerno.Mi abuelo materno, ya al tanto de las reglas, les dijo que no era ese el momento, que lo mejor era dejarlo para las dos de la madrugada y en las siete revueltas. Mi abuelo estaba acostumbrado a llevar un machete largo metido en la faja y cuando llegó la hora acordada, él estaba esperando a que llegara la parte opuesta y le sacaron el cuerno para que lo besara.Entonces mi abuelo anduvo dos pasos para atrás y sacó el machete y les dijo que de uno en uno y el que tuviera lo que había que tener que atacara.Entonces los contrarios se quitaron la careta y vio mi abuelo que eran grandes amigos suyos y allí terminó todo.

Cuando mi abuela contrajo matrimonio con mi abuelo, los tiempos que corrían no eran buenos y mi abuela se hizo con una dita dedicándose a vender por el campo o intercambiar comestibles por otras cosas.De ese modo la economía del hogar era más llevadera.

Mi abuela era una mujer alta y vestida de negro.Una tarde que venía para el pueblo le anocheció antes de llegar a Morón. Ella andaba ligera porque escuchaba el andar de un caballo cada vez más cerca y cuando el caballo le dio alcance el jinete le dijo a mi abuela que de donde venía. Mi abuela entrecortada le dijo que de buscarse la vida.
- Soy vendedora por el campo y cambio artículos por otras cosas que ellos tienen y así vamos echando la vida.
El jinete le dijo:
- ¡Usted no me conoce a mí!,
Y Ella le dijo:
- ¡No señor!.
- Mire usted yo soy Pernales y no le diga nada a nadie que me ha visto. Tome usted y quede con Dios.
Y le dio dos pesetas en plata. Este hecho ocurrió en la vereda de El “Piojo” entre Los Melonares y El Pernal.
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Cuando entró la II República en el año 1931, aprovechando el trabajo de los repartidos,se arregló el Llanete y entonces fue demolida la capillita antes mencionada y se perdió una pequeña parte de la historia de nuestro pueblo.El material que se empleó en el arreglo de la calle procedía del llamado Calvario y era transportado por caballerías -borriquillos con serones- y el compacto de dicho material corría a cargo de una yunta de bueyes que caminando de un lado hacia otro y tirando de un rulo, quedaba bien apisonado quedando la calle arreglada para el tránsito de la época.

Desde éstas fechas en adelante hasta el año 1936, pernoctaban vigilando día y noche un cuerpo de vigilancia llamado los “guardias de asalto” y otro cuerpo de carabineros por todas las calles del pueblo.El armamento que portaban era una carabina en el hombro para usarla en el momento que hiciera falta.El cuerpo de guardias de asalto lo dice la misma palabra, donde se encontraba más de una persona conversando, no tenían que preguntar nada sino “porretazos van y porretazos vienen”. Y las calles estaban semidesiertas, no se encontraba a nadie, ni chicos ni mayores para dar los buenos días.

En estos años el servicio de agua potable era muy precario y muy deficiente. Cuando lo cortaban sólo se podía alcanzar en los grifos públicos que estaban destinados para este fin, con lo que las colas de personas con recipientes alcanzaban cientos de metros y había días que hasta en los grifos públicos cortaban el preciado líquido. Entonces se utilizaban las fuentes públicas (la Plata, Espartero y Humanes), que jamás se quedaron sin el preciado líquido elemento. El agua de la Fuente de la Plata procedía de la Fuente Nueva. En los grifos públicos el servicio era de una lentitud insoportable ya que le quitaban la presión a la tubería y había días que estaban las vasijas dos y tres días en las colas. El precio que se cobraba por el cántaro grande era de 0,10 céntimos y el del “perrenguillo” de 0.05 céntimos. Y así sucesivamente eran las vasijas que se podían recoger. Las fuentes de Espartero y Humanes también prestaron un gran servicio al pueblo de Morón.
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Anterior a esta fecha el pueblo se dividía en dos partes: barrio alto y barrio bajo. Yo no lo he conocido, me lo contaban mi madre y mi tío. Como he contado antes, el límite que dividía dichas partes, quedaba señalado en Plazoleta Meneses; desde ese límite se abstenían sus gentes de sobrepasar de un sitio para otro, por temor a la tirantez entre ambas zonas. Una de las personas que no respetaban las divisorias era el que vendía quincallas, el llamado “quinquillero”, que caminaba con su tilín-tilín por todas las calles pregonando su mercancía y a la vez daba sus sonoros pregones que consistían en cantar el siguiente canto:
El calderero por las esquinas Cuando asoma el calderero
Va pregonando sartenes finas. Se asoman a los balcones
Sartenes finas, jarros y peroles las viudas y las casadas
Braseros, palas, cubos y faroles… para escuchar sus pregones…


También frecuentaba los mismos lugares el tío de las piñas, que portando una carrañaca para hacerse oír, vendía su modesta mercancía tan querida y deseada por la chiquillería.

El vendedor de pirulíes también tenía paso libre para la venta de mercancías. El portaba un pequeño repullo de pitas y en él clavaba los pirulíes y proseguía su venta, entonando el cántico muy popular:
Niños llorad, llorad Y también llevo tijeritas
Siempre diciendo así, para las mariquitas…
Madre deme usted una chica
Pa comprar un pirulí…



Al poco tiempo vino a Morón un vendedor que se hizo muy famoso y a la vez muy popular, siendo muy querido por todo el vecindario. Este vendedor se conocía como “Paco el de los plátanos”, que además vendía magdalenas y piñonates, todo de muy buena calidad, anunciándose con una carrañaca que dando vueltas y más vueltas producía un sonido muy singular.

También haciendo memoria había un vendedor de camarones que sus pregones decían…:
¡Bichillos de la mar, camarones , que buenos, el que los prueba, repite!.
No quiero dejarme atrás como vendedor ambulante el llamado “tío de las arropías”. Este vendedor se conocía con el sobrenombre de “el bolichero”, donde quiera que hacía su parada daba sus sonoros toques de trompeta muy originales.

Y un vendedor de pan llamado Luciano “el panadero” que ofrecía su mercancía en un borriquillo con angarilla y un peso de balanza colgado en un extremo de la susodicha angarilla para pesar el pan. Y pregonaba lo siguiente:
Pan prieto y caval a 0.75 cts. El kilo completo…el mejor pan de Morón

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En estas fechas existían los peladores o esquiladores de caballerías. Uno de ellos era “Manolo el gitano”, un pelador de primera clase, que adornaba las crines y las culatas de las caballerías con unos dibujos originales y tenía dos compañeros de su mismo oficio de primera clase también. Uno de ellos era Curro el gitano, Gilito. El otro, también gitano, llamado “el Cubita”, apodo éste porque le gustaba mucho el vino. Y estas tres personas tenían un arte profesional fuera de lo común.

Paso contarles una anécdota de “Cubita” por su originalidad y forma de ser. Una vez se encontraba pelando una caballería y en el mismo lugar había una persona que ponía la voz donde quería y aprovechando que el pelador le daba un picotazo al animal, este decía “¡ten cuidado que me vas a cortar!”. El pelador miraba al animal sobresaltado y la segunda vez que le cortaba al animal, éste lo miraba y el ventrílocuo aprovechaba aquel momento para decirle, “¡ya me cortaste, te lo estaba diciendo!”. Y el pelador tiraba las tijeras y salía corriendo diciendo sus ocurrencias y el público lo pasaba muy bien.

Siguiendo en éstas mismas fechas se empezaron a conocer los llamados “radios galena” y en los bares, se oían las máquinas cantaoras, marca la voz de su amo. Estas máquinas se empezaron a escuchar en las tabernas de las copas grandes que en tiempos de carnaval frecuentaban todas las murgas y comparsas que en aquéllas fechas eran dignas de ver y de ser escuchadas.

También en Morón había personas muy singulares. Por su originalidad y su forma de vivir paso a mencionarlas:

“El Arao”, “Manolito el de la Zalea”, “El Paragüero”, “El Chiribi”, “El Cubita”, “El Percalito”, “Manolillo el Loco”, “El Melli” , “El Canario” y “El Siguirín y la Siguirina”.
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En el año 1940 tenía 14 años de edad, fue ahí cuando me incorporé a la profesión de albañilería. Mi jornada consistía en llevar agua a la obra con una caballería, desde un pozo que se encontraba cerca de ésta. Esta obra se estaba realizando en el Rancho Vega a una distancia de Morón de unos 4 kilómetros. La jornada de trabajo empezaba a las ocho de la mañana y hasta que el sol se dejaba ver, serían unas doce horas de trabajo diarias. Después de terminar la jornada se preparaba para comer, y después de cenar, me mandaba el maestro ya anochecido a Morón para recoger la ración de pan de cada trabajador que estaba en la obra. A la mañana siguiente salía con las raciones de pan hacia la obra y a la hora de empezar la jornada a las ocho de la mañana, yo ya estaba en la obra.

Como quiera que no podía sacar el cántaro lleno del pozo, entonces sacaba el agua con un cubo y así podía llenar los cántaros. Si por cualquier circunstancia se rompía algún cántaro, cuando llegaba la quincena el maestro me lo descontaba del mísero sueldo que me daba, ya que el cobraba por mí siete pesetas y me pagaba tres con cincuenta, es decir la mitad y de pasar lo indecible, porque en aquellas fechas la precariedad de la vida que nos toco vivir, era más que trabajosa.

El dueño de la obra nos pasaba todos los meses una cuartilla de trigo para que los familiares pudieran emplearlo en alimentarse, y a mí, ¡digo a mí!, no me daba nada de trigo, porque decía que como mi padre tenía cabras, no lo necesitaba. Un día que fue a la obra el dueño, le dije yo, que por qué a mí no me deba trigo como a los demás y entonces en hombre me contestó que él le pasaba trigo sin excepción a todos y entonces saqué la conclusión que el maestro se quedaba con mi trigo.

Este maestro albañil se llamaba Diego Bermúdez, primo de mi madre, a la razón pariente mío para más señas y había en Morón un dicho que decía, “entre los Bermúdez y los Fernández, ligero es menester que andes “bien lo pude comprobar en mis propias carnes”.

Después de terminada la obra me fui a trabajar con otro maestro albañil. Éste tenía más humanidad que el primero y me pagaba el jornal de diez pesetas diarias por diez horas de trabajo y entonces la categoría que él me puso era de peón especializado y estuve trabajando en la casa que se encuentra frente a la portada principal de la Iglesia de San Miguel llamada “Casa del Marquesito” de la que era dueña era doña Victorina Clavijo Silverio, farmacéutica de la localidad.
Estuve en dicha obra hasta que se terminó, dando los últimos retoques. Estuve de ayudante con el primer oficial llamado Diego Gil Cabezas hasta finalizar la obra.

En la fecha de 1945, concretamente en el mes de abril, se empiezan a hacer las nuevas naves de edificación para el aderezo de aceitunas de mesa. Al personal que nos tocó trabajar en dicha obra, nunca se nos olvidará la precariedad del tiempo que nos tocó vivir. El sueldo base que se ganaba en la construcción era de 9,25 pesetas y en el mes de mayo hubo un arreglo con los sindicatos y se elevó el jornal a 11,20 pesetas. El oficial de segunda cobraba 16,00 pesetas y el de primera 18,00 pesetas. Con estos salarios de miseria, en los hogares modestos no había nada más que miseria en abundancia.

Yo trabajaba todos los días diez horas diarias y el sueldo base de ocho horas se lo entregaba todo íntegro a mi madre y las dos horas restantes eran para mí y con ellas me pagaba el colegio por las noches y mis gastos propios como ropa de vestir, calzado etc. Salía del trabajo a las siete y a las ocho, empezaba mi horario en la “Academia Almi”, hasta las diez de la noche, que se terminaban las clases y desde las diez hasta las once, daba clase de mecanografía en la misma academia, porque el profesor tenía esa deferencia conmigo, ya que el tiempo era muy limitado para esos menesteres.
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Tengo que recordar que por esas fechas, el servicio de agua potable para el consumo humano era muy deficiente. Había días que el preciado líquido no llegaba a las casas y teníamos que ir a los llamados grifos públicos pero en dicho lugar las colas de cántaros eran interminables. Por las tardes cuando llegaba a mi casa del trabajo, me decía mi madre, “¡hoy no hemos tenido agua!”. Y entonces me acercaba a la cola y observaba el lugar que ocupaba el cántaro de mi madre. Si el interesado no se encontraba allí en la cola, había personas que se saltaban los lugares y siempre el cántaro permanecía en el mismo sitio. Una de esas tardes que observé la distancia en que se encontraba el cántaro del grifo, cogí el cántaro y me acerqué a la fuente de Espartero, llené el cántaro, me lo puse al hombro y no paré hasta que llegué a Morón. Cuando llegué, me dice mi madre, que pronto te ha tocado y yo le dije, “¡si tú supieras de donde es esta agua!”; “¡de donde hijo!”, me preguntó; “¡de la Fuente de Espartero!”. Y esas son las añoranzas de tristezas y de calamidades que pueden contarse en los tiempos que nuestra juventud, que mal se vivía y mal se comía.

Los domingos por la mañanas había que dedicarlos a estar metido en las colas que había, para alcanzar el pan, alternando el tiempo en meterse en las colas del carbón y algún que otro domingo en las colas de las patatas. Siempre metido en colas y aguantando el trato infernal de las autoridades que trataban de poner orden en las colas. Como existía el amiguismo a gran escala, las personas conocidas por ellos, las sacaban de las colas y la favorecían en lo que ellos podían hacer, para que no estuvieran en la cola. El servicio de vigilancia rural lo destinaban cuando creían conveniente a estar en las colas y a ellos no les temblaba la mano para acercarles los caballos y atropellar todo lo que se ponía por delante.
Uno de esos días atropellaron a una pobre mujer anciana porque no le dio tiempo de esquivar la caballería y le fracturaron la pierna con la pezuña del caballo. Yo sé todas estas cosas porque las vivía “in situ”, de una cola me salía y en otra cola me metía para poderle dejar a mi madre todas las cosas recogidas hasta el final de la semana.

Cuando de todas estas tristezas y calamidades se habla con las personas jóvenes, siempre nos dicen que exageramos mucho y que no sería para tanto. Yo les digo que la tristeza de aquellos tiempos la llevamos plasmada en la faz de nuestras facciones y no nos sale por mucho tiempo que pase. Siempre se hablará de la Guerra Civil de España. Nos apartó cada vez más los unos de los otros. Y mientras que las generaciones no se vayan sucediendo unas a otras no se terminará el odio existente, porque lo dice el refrán, que de “todos esos polvos, vienen todos estos lodos” y la historia pasará, pero pasará al paso que la historia corre, sin que nadie la obligue artificialmente, porque gracias a la historia contada como relatos de hechos humanos se pueden saber todas estas calamidades, vividas y pasadas, para que la juventud que toma las riendas de la nación, sepa, aprenda, medite y razone, para que el camino que nosotros hemos recorrido con tantas dificultades, ellos no lo vuelvan a pasar ni a vivirlo, porque la experiencia vivida por los mayores que siempre la tengan presente y no caigan en la misma piedra que nosotros hemos tropezado.
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Se empieza un nuevo trabajo en la calle Nueva, en la casa donde se encontraba el sellado de las quinielas, que se hizo toda de nueva construcción, hasta la calle Vicario. Posteriormente me coloqué en otra obra de más importancia. Concretamente en la casa de don Rafael Crespo, en la calle Cánovas del Castillo para hacerle una reforma de bastante consideración y en el estado que hoy día se encuentra. Este señor, dueño de la casa, era muy religioso y como quiera que la obra le corría prisa, para que trabajáramos también los domingos tuvo que solicitar un permiso eclesial, “bula”, siéndole concedido por el Arzobispado de Sevilla y de esa manera trabajamos todos los domingos.

Cuando acudíamos los domingos a misa de ocho de la mañana, a pesar de las necesidades que había, el lujo se veía en los fieles que disfrutaban de buena posición. Cuando cruzaban el pórtico de la entrada, con paso majestuoso de personas bien trajeadas y compuestas, gustosas de ser vistas entre las personas que padecían necesidad.

Las señoras aguardaban su turno empavesadas y muy solemnes, con mantillas de blondas, con sus devocionarios con el canto dorado y mucho rosario de oro y nácar. Las señoritas casaderas de las clases pudientes, los domingos acudían a la misa con el sólo afán de estrenar vestidos con muchos colores vistosos, haciendo a la vez crujir los vestidos para dar a entender que eran nuevos y se estrenaban para tales acontecimientos, y cuando se cruzaban con la muchedumbre daban codazos suaves llevando la respiración agitadas de damas pudientes. Con el silencio solemne de la santa misa se dejaban sentir el ruido y crujir de cruces y rosarios, que la mayoría de las veces se quedaban enganchados con los mismos vestidos o encajes con flecos.

Una vez terminada la santa misa, se dejaban oir y sentir las frases de “¿usted dispense, perdone usted?” Y a la vez se deslizaban buscando el grupo de “buena sociedad “ y se acercaban al presbiterio donde se colocaban arrodilladas al oratorio, teniendo mucho cuidado de no arrugarse las prendas de vestir.

Los “señores o caballeros pudientes” creían pasar desapercibidos mirando al techo de las cubiertas, fijando la vista en las vidrieras artísticas, por no saber que hacer con sus ojos, porque a su alrededor también se dejaba sentir la necesidad de ciertas personas, “el prójimo”, ¡pero vistas desde cierta distancia!.

A la salida de los oficios, en el pórtico, se saludaban los feligreses levantando la cabeza, como diciendo, ¡adiós, hasta la próxima! También salían las autoridades con el aire marcial que les caracterizaba demostrando su orgullo de superioridad y de poder, porque eran autoridades que ni ellas podían subir más alto, ni el Ayuntamiento podía caer más bajo.

Porque haciendo memoria, me viene al pensamiento que entre unos arrepentidos y otros con las camisas cambiadas han estado comiendo a dos carrillos y a mandíbula abierta durante más de cuarenta años en el régimen franquista.

Nosotros los albañiles que asistíamos a la misa, nos quedábamos junto a la puerta del templo, sin entrar en el interior porque había dos compañeros de trabajo que estuvieron en “zona roja” y ellos no querían ver a los curas ni en fotografías. Junto a nosotros permanecían las personas que pedían limosnas, esperando que salieran los feligreses para removerles las conciencias y coger alguna que otra limosna.
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Eran unos tiempos muy difíciles y precarios a la vez, porque para poder vivir, el hambre gozaba de total libertad para entrar en todos los hogares necesitados. Había personas que llevaban varios días sin comer nada, y en ellos se despertaban cada día los estómagos vacíos y el sufrimiento de saber quienes eran los culpables de toda esta amalgama de hambre. La frase que más se dejaba sentir era, “¡queremos pan!”. Hasta en la calle se apreciaba en los animales, especialmente en los perros se dejaban sentir los aullidos de desespero, llegando a perder el instinto de animal tranquilo, contagiándose con el sufrimiento incansable del hambre.

Cuando el calzado de trabajo se ponía en muy malas condiciones para poder trabajar, había que apartarlo en la zapatería, varias semanas antes, porque a dinero en mano no se podía comprar porque no alcanzaba el dinero. Trabajábamos durante la semana de siete días con un total de horas de setenta acumuladas y trabajadas.

Con tinta y papel, y algo de memoria dejo escrito en estos renglones éstas frases doloridas, de la vida que nos tocó vivir en una época en que la persona como ser humano no tenía valor ninguno, cualquiera tenía derecho a prohibirle lo más elemental en la vida.

Fueron días, meses y años que no se los deseo a nadie, porque esas cosas hay que pasarlas para saber apreciarlas porque una cosa es decirlas y otra es pasarlas. Trabajábamos en aquéllos tejados con las superficies inclinadas y nuestros cuerpos doblados y el espinazo echado sobre la rodilla según la postura que el trabajo requería, mientras el tórrido sol desparramaba su gloria incandescente sobre nuestros cuerpos enclenques de soportar tanta hambre pasada a la vez que caldeaba la tierra en los famosos meses de julio y agosto.

Había una mujer de cocinera a la que le habían matado el marido cuando el Movimiento que me preguntó un día, “¿niño has desayunado?”. Yo le conteste que no y me dijo la buena mujer: “cuando yo te haga un guiño con el ojo, entras en la cocina”; y yo no hacía nada más que ver a la mujer a ver si me hacía alguna señal y así lo hice y me metió en la despensa y me dijo: “¡cómetelo todo!”, me tomé un vaso de leche y un plato de rebanadas fritas. Me puse con la cara como una amapola y cuando llegué a donde estaba el oficial había un botijo con agua que nadie le hacía caso, lo empiné y me harté de agua con el fuerte desayuno que la mujer me había proporcionado. Así lo hice un par de veces, por lo que el oficial al verme de esta guisa me dijo: “¡niño que coño has comido hoy que llevo yo aquí tres meses y no he probado el agua todavía!”. Evidentemente no le pude decir que había desayunado en la casa para no delatar a la buena samaritana, ¡pobre mujer, era una santa!

Esa misma mujer se encargaba de traer la prensa al dueño todas las mañanas y esa misma mañana, con un frío que cortaba el cutis, le dije la mujer al dueño:
- “¡Don Rafael qué mala está la cosa, se están cayendo la gente al suelo de tanta hambre como hay!-, y el buen cristiano le contestó
-¡No habrá tanta hambre, porque yo acabo de venir del cierro de la calle y están las cagajoneras de las bestias echando humo todavía, así que no habrá tanta hambre!
Esta fue la contestación de aquel cristiano. Porque en su cancela había un letrero que decía antes de entrar: “poco cristiano sería, el que a esta puerta llegara, y por vergüenza dejara de decir Ave María “. Detrás de la cancela también había otro que también decía lo siguiente: “Si menos que aquel que oyendo esta palabra debida, no respondiera diciendo Sin Pecado Concebida “. Entonces me di cuenta hasta dónde llega el corazón y la caridad de un “buen cristiano”.

La necesidad se hacía muy familiar en las clases modestas hasta el extremo de morir en las calles más de una persona. Nosotros como quiera que la obra corría prisa, trabajábamos los domingos y días festivos. El dueño como era “persona religiosa“, como ya he dicho antes, pagaba una “bula” a la Iglesia y así autorizaban para poder trabajar esos días festivos. Tratándose de este señor “tan religioso”, teníamos que oír misa los domingos y festivos a las ocho de la mañana y después nos pasábamos por la Bodega de los González y nos tomábamos un chocolate o café -cada uno lo que le apetecía- por cuenta del dueño de la obra.
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Una vez terminado el trabajo quedamos en la obra una cuadrilla de tres obreros: un oficial, un ayudante y un peón hasta su completa finalización. Posteriormente pasamos a la Panadería Ramírez en la misma calle dos casas más arriba. En esta casa se amplió la panadería y el molino de harina en su totalidad y allí estuve hasta la terminación de la obra.

De esta obra pasamos todo el personal, con Diego Cabezas, al pueblo de Algodonales. Allí estuvimos haciendo un rancho que está junto a la carretera que se llama “Villa Mercedes “, porque la dueña de la obra se llamaba Doña Mercedes Siles. Como en aquéllas fechas había tanta necesidad, nos pasaba todos los días un kilo de pan a cada trabajador y una arroba de vino todas las semanas. Esta señora se portó con todos nosotros muy bien y estuvimos en la obra hasta su terminación.

Una vez terminado el trabajo nos vinimos para Morón. El camino lo realizamos andando, saliendo de Aldogonales a las ocho de la mañana llegando a Corípe a la una de la tarde. Nos trasladamos a la posada de “Frascuelo” y nos comimos un huevo frito con una tajada de melón para cada persona. Una vez terminado el almuerzo salimos para Morón llegando sobre las siete de la tarde con los pies reventados de tanto andar. Algunos estuvimos dos días sin poder movernos del dolor que teníamos en los pies.

Cuando nos reunimos todos se procedió a la liquidación del jornal y una vez terminadas las cuentas, la sorpresa fue de lo más desagradable que uno pueda imaginarse porque el coste de la comida fue más alta que el salario del día. Salimos entrampados, debiendo dinero encima. Yo tuve que pagar después de trabajar varios meses 238 pesetas y al resto del personal les pasó lo mismo. En aquéllas fechas era una cantidad respetable. Después de todo esto nos enteramos que el maestro no había tomado la contrata bien y entre todos tuvimos que pagar la diferencia. De lo contrario le hubiera tocado al maestro de pagarla.

Terminado todo este trabajo, pasamos a trabajar a casa de Doña Victorina Clavijo que estaba entonces recién casada con su marido Don Antonio García. En dicha obra estuve unos meses nada más, porque pasamos a realizar reformas en el almacén de aceitunas de mesa frente a la estación de ferrocarril propiedad de Don Manuel Ceballos Marín. En dicho almacén de aceitunas se hicieron ampliaciones y dos nuevas naves para el movimiento de dicho almacén y en este trabajo estuve hasta su terminación teniendo ya la categoría de oficial de 2ª clase y el sueldo de 17 pesetas en jornada de ocho horas.

Terminado este trabajo, pasé con el mismo maestro de obra a la cochera de los Hermanos Castro en el Arrecife, para ampliación de la jabonería y realizar una nueva nave para almacén de jabón. Posteriormente pasé por mandato de mi maestro a la calle Juan de Palma, ya como oficial de 1ª clase a la casa del Jefe de la Cárcel de Morón, Don José González. Posteriormente pasé a la calle Lara y de nuevo a casa de Doña Vitorina, estando allí hasta que me fui al servicio militar.
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En el año 1942, en plena época del racionamiento, me fui a trabajar formando una cuadrilla de tres albañiles. El maestro que tomó la obra por contrata se llamaba Francisco Zurita y fue él quién nos mandó para hacer dicho trabajo que consistía en repasar de todo defecto de obra que tuvieran las viviendas de los peones camineros de Morón a Marchena. Y así lo hicimos, empezando por la primera casilla desde Morón a Marchena por La Puebla de Cazalla, cerca del Zorriche.

El trabajo lo hicimos yendo y viniendo todas las tardes hasta que se terminó la reforma. Después pasamos a la siguiente casilla que se encontraba en la Vega, cerca de la finca la Higuera, en esta casilla nos quedábamos por las noches porque estaba muy lejos de Morón y fue cuando para nosotros empezó Cristo a padecer y subir al Calvario. Nos encontrábamos que no había nada que llevarse a la boca porque todo estaba racionado, las raciones del pan nos la mandaban nuestra familia todos los días por la empresa que hacía el recorrido diario entre Morón y La Puebla de Cazalla.

Todos los días nos dejaban el pan en cantidad más que reducida. Después por las noches salíamos a buscar por fuera lo más elemental: tomates, melones, sandías, pimientos y lo que se cruzaba en el camino y así estuvimos hasta que se terminó la reforma de la misma. Al siguiente día pasamos a la casilla siguiente que se encontraba cerca de La Puebla de Cazalla. En ésta última lo pasamos peor que en ninguna, no había nada que llevarse a la boca después de estar todo el día trabajando, pero uno de los tres que habíamos en la cuadrilla, de apellido Baltasar y que había estado en la zona roja y en campos de concentración dijo una mañana, “¡ya se acabó todo esto!”. Y ni corto ni perezoso le pidió una camisa de falange al caminero y cogió una botella de cristal de un litro y se fue al pueblo y en la primera tienda de comestibles que encontró, se metió vestido de falangista y le dijo a la dueña del establecimiento, “¡señora, puede usted venderme un litro de aceite y un kilo de pan!”, después de pensarlo la señora del establecimiento le dijo que sí y no le cobró nada por la mercancía comprada, porque la pobre mujer creía que era de fiscalía y cuando regresó con la botella de aceite y el kilo de pan le embargaba la alegría que traía y casi no podía hablar. Sí se le oía muy claro cuando decía, acercándose a la casilla, “¡hoy vamos a comer rebanadas fritas hasta que perdamos el arestín y no queramos más!”

Y al día siguiente como había aceite se hizo un buen potaje de garbanzos que nos quitó el hambre atrasada y aquélla noche dormimos como los lirones cuando están hartos. Por las noches dormíamos en el suelo y la luz que teníamos era una mariposa que se apagaba cuando nos acostábamos.

A la mañana siguiente antes de empezar la jornada, salíamos por un poco de leña para poder hacer de comer, y lo primero que nos dijo el caminero que la leña que había era para él, así que peor no podíamos pasarlo. Cuando nos acostábamos por la noche se producía un silencio que se iba cayendo poco a poco y muy pesadamente, advirtiendo la pesadilla del hambre y el tormento de aquéllos cuerpos recostados en el camastro con el vientre vacío.

Sin tener esperanza de tener claros horizontes o un rayo de luz que hiciera cambiar la triste y penosa situación que estábamos viviendo, había noches que nos acostábamos a tientas porque no teníamos ni cerillas y el frío nos hacía estremecer. Al anochecer salíamos a la carretera y cuando el crepúsculo se perdía y no se dejaba ver porque había desaparecido por completo la claridad del día, entonces nosotros entrábamos en acción y escondidos en terraplenes del terreno para no ser vistos por nadie, empezábamos a coger todo lo que nos hacía falta el día siguiente para tener algo que llevarnos a la boca. Cuando terminamos aquel trabajo querían que llegáramos hasta Marchena y entonces nosotros nos hicimos los de Marchena y nos vinimos para Morón, porque aquello no había persona humana que pudiera resistirlo.

El camino lo hicimos andando hasta llegar a la finca de la Higuera que nos paramos a descansar y comer alguna cosa. Allí estábamos a la sombra de un eucalipto muy cerca de un melonar y nos pusimos a comer melones y tomates con un poco de sal hasta que pasó un camión de la bodega la Verdad y el chófer nos conoció y nos dijo que nos montáramos en el camión hasta Morón. Y aquí termina el primer Calvario.
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Mi servicio militar. Año 1947

El día 27 de septiembre de 1947, hice mi presentación con un grupo de compañeros, todos de Morón, en la caja de reclutas número 16 de Osuna y al día siguiente 28, salimos en un tren mercancías camino de Sevilla, llegando a las seis de la mañana. Nos dieron un desayuno compuesto de un chusco con una lata de sardinas, todo en frío y a las 8 de la mañana salimos de Sevilla camino de Córdoba, llegando a las dos de la tarde. Nada más llegar a Córdoba, nos formaron a todos en fila de a tres para realizar el reparto de la comida. Una vez que comimos nos apartaron a todos metidos en los vagones de carga y estuvimos allí hasta que dieron la orden de salida, sobre las 4 de la tarde que seguimos dirección a Madrid.
Llegamos a Madrid al día siguiente por la tarde, sobre las seis, el tren paró en las afueras de Madrid en una estación próxima. Se acercó el teniente que mandaba la expedición y nos dijo, “¡muchachos, esta noche entramos en la provincia de Zaragoza y se dejará sentir el frío, yo les digo que recojan un poco de rastrojo e introducirlo en los vagones para que no paséis frío esta noche y a la vez puedan dormir algo confortable”.

Nosotros obedecimos la orden que nos transmitió el teniente y lo hicimos tal como él nos lo dijo. Una vez terminado todo y se pasó revista, se procedió al reparto de la cena. Repartida la cena, salimos camino de Zaragoza, llegando al siguiente día sobre las doce de la mañana y en la estación de Cariñena comimos en caliente la comida de mediodía. Cuando terminamos de comer, salimos camino de Barcelona llegando al siguiente día por la tarde, en una explanada detrás de la estación de Francia, nos formaron a todos y pasaron revista, acto seguido repartieron la cena, una vez terminado todo salimos con dirección a Gerona. A Gerona llegamos al siguiente día sobre las 11 de la mañana. Esperamos dentro de los vagones hasta que fue la hora de comer. Después de haber comido y sobre las 4 de la tarde salimos para Figueras, llegando a las 6 de la mañana del siguiente día, nos formaron en la misma estación en fila de a tres, saliendo para el camino del castillo de San Fernando.

Una vez allí dentro del castillo, nos entregaron a las autoridades militares, que se hicieron cargo de nosotros y los instructores que nos habían acompañado durante el viaje se despidieron de nosotros. Cuando llegó la hora del toque de diana, hizo su presencia un teniente y nos dijo que pasáramos por la barbería para pelarnos al cero. Una vez todos pelados nos llevaron formados a unas albercas grandes y allí nos lavamos como pudimos cada uno, porque el agua además de fría tenía un verdín del tiempo que llevaba acumulada allí. Una vez lavados nos mandaron a recoger la ropa militar y nos dieron el traje de trabajo y el de paseo. Cuando nos cambiamos de ropa y salimos al patio del castillo vestidos ya de militar no nos conocíamos unos a otros a pesar de la cercanía que existía entre unos y otros de lo desconocidos que estábamos.

Al siguiente día empezamos el periodo de instrucción que duró 3 meses, después de pasar los tres meses juramos la bandera. Al día siguiente de jurar bandera, fuimos trasladados a los destacamentos que a cada uno de nosotros nos tocó. Nosotros fuimos destacados al pueblo de La Escala, en plena Costa Brava, y el camino desde Figueras hasta la Escala, lo hicimos andando, unos 15 kilómetros aproximadamente.

Llegamos la mayoría de los soldados con los pies reventados de tanto andar y el rancho que nos dieron fue en caliente, que consistía la comida en empedrados de garbanzos y una naranja encima. Así lo ponía la minuta de alimentación. Llegamos a La Escala sobre las 7 de la tarde. Una vez allí nos formaron y pasaron lista, nos dieron dos mantas una colchoneta y una almohada y estuvimos durmiendo en el suelo dos meses hasta que me trasladaron al pueblo de Villajuiga para hacer un curso para cabo 2º.

El tiempo que estuve en La Escala paso a describirlo. Es un pueblo marinero, en plena Costa Brava. Cuando mis obligaciones me lo permitían me adentraba paseando por aquéllos arrecifes, recreándome en sus maravillosas rocas gastadas por el oleaje producido por sus aguas, y desde allí veía como se sumergían mis sueños pensando en mi Andalucía y muy especialmente en mi Morón de la Frontera, que tan distante estaba y a la vez tan cerca del pensamiento lo tenía.

Mis sueños quedaban sumergidos dentro de sí y desde allí veía entre los huecos de las rocas a las parejas de amantes completamente acaramelados que permanecían juntos disfrutando de su primer amor. La soledad y el vacío que yo sentía por estar lejos de los míos me hacia estar preso de la misma mar. Yo acostumbraba a dar paseos largos para meditar y a la vez pensar, para que el corazón se expandiera y a la vez la respiración no fuera tan pequeña, porque la prosa del pensamiento necesita mucho aire.

El trabajo que realizábamos en La Escala consistía en hacer una carretera entre este pueblo y el Puerto de la Selva. Nosotros los albañiles hacíamos las alcantarillas y los taludes de muros mientras el resto se dedicaban al tendido de piedra y riego de agua junto con el recebo de albero.

En Villajuiga estuve 3 meses que duró el curso. Un día nos sorprendió la nieve. Yo no estaba acostumbrado a ver nevar de esa manera. Estuvo dos días largos nevando y a la mañana que amaneció sin nevar, tuvimos que salir varias secciones de soldados para abrir muchas entradas de viviendas que se habían quedado sepultadas por la nieve. Los caminos y los árboles estaban cubiertos por completo por la crecida nevada. A la vista aparecía una visión completamente blanca. A lo lejos desde el destacamento nuestro se dejaban ver las casas que tenían fuego encendido, porque así lo anunciaban sus chimeneas. El sol era incapaz de fundir tanta nieve caída y daba la sensación que estábamos en una aldea muerta y amortajada de soledad. A lo largo de las calles, aunque eran pocas, solo se dejaban ver las patrullas de militares que con ayuda de palas, acudían para auxiliar a los vecinos y dejar expedita la entrada de las viviendas. A nosotros, los andaluces que nos tocó estar allí, la mayoría teníamos el calzado en muy malas condiciones y algunos con agujeros en la planta de las botas, por lo que había que ponerle trozos de cartones para que no entrara la nieve.

El servir al ejército español en aquellas fechas era lo más desastroso que una persona pueda imaginarse, por lo menos en la zona de Gerona y en la demarcación de Figueras. Yo cuento las cosas tal como me pasaron, de lo contrario, estaría mintiendo.

En La Escala, estuve durmiendo en el suelo durante tres meses, pasamos hambre. Todos los días en la lista de servicios nombrados, había un apartado que decía “leña” donde se nombraban a tres soldados para cortar maleza del monte para poder hacer el rancho. Todo esto se hacía con la ayuda de un carromato y una caballería. Y así se acercaba a la cocina el combustible necesario. Como estábamos tan lejos de nuestra casa, todas las faenas más duras nos tocaban realizarlas a los andaluces, porque los catalanes se marchaban de permiso de sábado a lunes. De esta forma, nos tocaba hacer el servicio siempre a los mismos.

Una vez terminado el mismo y hecho los exámenes salimos aprobados 14 cabos de 27 que nos presentamos. Al cabo de unos días me trasladaron al pueblo de Llansá, donde se encontraba la 3ª compañía del primer batallón. En Llansá, estuve solamente tres meses, el trabajo a realizar consistía en vigilancia y conservación de obras en fortificación. Este pueblo era muy marinero, tenía unas playas fabulosas, daba gusto pasear por ellas, por la arena tan limpia y fina que tenía.

Cuando pasaron los tres meses un día me mandó razón el capitán con un sargento diciéndome que fuera y me presentara a él, me dijo que se había recibido un oficio en la compañía, procedente de la Plana Mayor, que había sido trasladado a un pueblo llamado Villarnadal de Masarach, por ser el cabo más antiguo. Al siguiente día salí para Villarnadal haciendo mi presentación ante las unidades y superiores a los que había sido destinado, me presenté al capitán por mandato de un brigada, y me dijo el capitán que para el día siguiente me tenía que hacer cargo del cuarto de furrieles, del armamento y munición que se encontraba en el almacén, a la vez me dijo que tenía que alternarlo con el de oficina también.

Yo así lo hice, porque había sargentos en la compañía que no sabían hacer ni un estadillo. Villarnadal era una especie de aldea pequeña que pertenecía a Masarach, que era bastante mayor, tenía estafeta de correos, telégrafos y comandancia de la guardia civil. No era un pueblo de lo más apetecible, aparte de hacerse el servicio correspondiente había que hacer por las noches un servicio extraordinario de retén, que consistía en rodear el pueblo con números de soldados cada 100 metros escondidos en la maleza de los arbustos y desde allí cada cuarto de hora dar la voz de, “¡centinela alerta!”, hasta el último que decía “¡alerta está!”.

Este retén vigilaba con preferencia la casa del alcalde, la del capitán, la de dos tenientes, y el imperio de los suboficiales (sargentos y brigadas). Daba comienzo este servicio a las diez de la noche hasta siete de la mañana, todos los días.

Como quiera que en aquélla fecha existían los llamados “maquis”, que tan revuelta tenían la frontera franco-española, había que tomar todas las precauciones habidas y por haber. El servicio de retén estaba compuesto de 8 personas, 6 en los puestos y uno acompañaba al cabo para hacer el relevo cada media hora que cambiaban de sitio.

Esta aldea de Villarnadal no tenía luz eléctrica ni telégrafos, ni correos. Un cartero de Masarah venía todas las tardes a recoger la correspondencia. La correspondencia militar se mandaba a través de un enlace militar a cada destino. El tiempo que estuve en Villarnadal lo pasé muy bien, rebajado de servicio y cobraba las ventajas por estar rebajado, éstas eran muy escasas, pero aumentaban a cuatrocientas pesetas más las sobras y yo con ese dinero y la comida me lo pasaba muy bien. Así estuve 6 meses y al cabo de ese tiempo trasladaron al capitán del lugar y me dijo que si quería irme con él y yo le dije que sí. Entonces salimos los dos hacia el mismo destino y el mismo día a un pueblo que se llama Terrades, y allí estuve hasta que nos llegó la licencia.

A éste pueblo de Terrades estaba agregado militarmente, un pueblo llamado San Lorenzo de la Muga, a unos 4 kilómetros de distancia en donde se hacían nuevas fortificaciones, aparte de la vigilancia y conservación de obras. El pueblo de Terrades era un pueblo muy pequeño, pero tenía un comercio-bar donde había de todo y además un salón para tertulias. En este salón coincidimos un día el sacerdote de la iglesia, que se había hecho muy amigo del capitán y del secretario del ayuntamiento. Un día organizaron entre ellos un viaje para visitar una cueva, que decía el señor cura que era digna de ver. Entonces me dijo el capitán que para el siguiente día preparase una merienda en frío y un número de tres soldados, con toda la dotación de armamento completa. Salimos del pueblo al lugar señalado por el señor cura, subimos la ladera de la sierra y a media altura, empezamos a buscar con el sacerdote hasta que logramos dar con la embocadura de la cueva que consistía en una piedra circular de un peso de 50 kilogramos, la quitamos y vimos que había una diferencia de altura desde afuera al fondo de unos 150 centímetros, y ayudándonos unos a otros nos metimos todos adentro.

El señor cura empezó a observar que en uno de sus lados laterales de la pared se encontraban escritos los nombres de todas las personas que habían visitado la cueva, acto seguido dijo el cura que pusiéramos los nuestros y así lo hicimos, después nos dijo que entráramos hacia adentro, con la ayuda de dos potentes linternas que llevábamos y cuando entramos a otro departamento, empezaron a salir murciélagos en una cantidad nunca vista, se podían contar por miles, nos inclinamos las linternas hacia el techo y vimos que era una habitación como la de una casa normal, calculo que sería de 4 por 3 metros. Por mandato del cura, buscamos en el fondo de la habitación y encontramos un hueco que nos llevaba a otra habitación, ya distanciados del señor cura. Él desde arriba nos voceaba diciendo que buscáramos en el fondo de la habitación por la parte central, que encontraríamos un agujero tapado, al que con esfuerzo pudimos quitarle la tapadera a pesar de los excrementos de los murciélagos que alcanzaba un grueso de 10 centímetros aproximadamente. Abrimos la bocamina y aplicamos el oido y se oían corrientes de agua subterráneas. Entonces el cura nos llamó y nos dio 3 ó 4 chinas que el cogió de la superficie de un grueso de una peladilla y nos dijo que contáramos el tiempo que transcurría entre soltarlo en el agujero y llegar al fondo, y el tiempo fue de unos 3 segundos. Según la equivalencia del cura había una profundidad de 30 metros. Entonces el capitán nos dijo que la tapáramos como estaba y saliéramos a la superficie.

Fue ésta una experiencia vivida que no se nos borrará nunca del pensamiento. A nuestro paso hacia la salida observamos una gran cantidad de salamandras y veíamos como se agitaban en todas direcciones, corriendo por el suelo demostraron el susto que se llevaron al notar nuestra presencia en aquel lugar. Una vez que observamos el recinto salimos alcanzando la superficie. Tapamos la boca de la cueva de forma camuflada para que nadie cayera y nos trasladamos hacia una ermita cercana. Una vez dentro de ella, quedamos asombrados al contemplar tantas ofrendas que se hacían a la imagen de Deu del Mont (madre del dios del mundo). Las ofrendas eran de prótesis, prendas de mujer de vestir de todas clases, bastones, muletas, pies ortopédicos…

Después de ver todo esto y pedir salud y paz a la Santísima Virgen, nos trasladamos al pueblo, porque el señor cura quería llegar a tiempo para dar el santo rosario, ya que los toques de señales se conocían que eran dos y faltaba uno para empezar. Por fin llegamos a tiempo porque el sacristán se retrasó un poco en el último toque hasta que llegara el señor cura. La iglesia del pueblo paso a describirla: las campanas las tocaba el sacristán desde una azotea, que colgando dos llantas de camiones en un trozo de hierro daba sus sonoros toques muy parecidos a los de una campana de verdad. Las costumbres en el pueblo eran muy singulares en lo referente a oficios religiosos y se hacían como mandaban las ordenanzas eclesiales. Cuando llegaba la Semana Santa el día mas señalado era el Jueves Santo, por la tarde noche se hacían altares muy bonitos, yo diría bellísimos a intervalos unos de otros señalizando las estaciones de Cristo, las calles por donde pasaba el Santísimo estaban muy engalanadas con una alfombra de pétalos, señalizando el centro de la calle quedaban marcados los colores distintos de flores. Todas las flores fueron traídas por los militares, por mandato de nuestro capitán. Las flores las recogimos de los pueblos de Llérs, Viure y Boadella, también de Terrades, todo quedó muy bonito.
El pueblo en general quedó agradecido a las tropas y a nuestro capitán que había sido el artífice de todo. El cura y el secretario del Ayuntamiento nos dio las gracias por la acción desinteresada que habíamos tenido hacia ellos.

En este pueblo me llegó la licencia militar pero antes de licenciarme me dijo el capitán si quería irme cuando me licenciara a la Policía Armada o a la Guardia Civil directamente y yo le dije que adonde quería irme era a mi casa, que de la milicia no quería saber nada. Fueron dos años que no se me olvidarán en mi vida, a pesar de que deje buenos amigos y compañeros. Hoy día me gustaría saber como son las costumbres de sus gentes y el desarrollo que el pueblo habrá llevado a los 50 años vista que nos separan de aquélla fecha. Nuestro capitán se llamaba Don Germán Rumbo Tobas, el teniente Don Teodoro Cabañas Llorente, el brigada don Leandro Mulero Adiel y el sargento don Querubín Alonso Llamas.

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La necesidad del honrado trabajador ante el imperioso poder del capital
El año 1.952 cumplía el que suscribe éstas letras 26 años de edad, en esas fechas me avisaron para que me fuera a trabajar a la empresa de Juan Espuny S.A. dedicada a aceites y sus derivados. Después de estar varios días en periodo de prueba, me tomaron la afiliación para darme de alta en la seguridad social. Yo aporté todos los certificados de los que disponía, entre ellos el de oficial de 1ª de albañil, que era el que me acreditaba como profesional, ya que la empresa así me lo exigía.
Cuando me dieron de alta, me pusieron la categoría de oficial de 2ª haciéndome saber que yo no me preocupara, que para todos los efectos para mí era igual, que de primera, yo de esa forma me quedé tranquilo. El trabajo que realizábamos era todo de construcción hasta que llegaba la fecha de la molturación de la aceituna, que pasábamos a la almazara. Este intervalo de tiempo duraba 3 ó 4 meses; después nos incorporábamos a la construcción y así sucesivamente. La responsabilidad en el trabajo de la construcción era la de maestro de obras, pero a la hora de cobrar se valían de todas las artimañas del mundo pero las diferencias de oficial de 2ª al de 1ª nunca aparecían, no era mucho pero sí la necesidad que había por aquélla fecha.
Yo en aquélla fecha esperaba contraer matrimonio, como así lo hice, que fue el día 12 de septiembre de 1.954 y esa circunstancia me hizo aguantar un poco más en la empresa, pero no había forma de cobrar algo más. ¡ porque ellos tenían la sartén cogida por el mango y estas son lentejas, si tu las quiere te las comes, si no las dejas !.
Al cabo de un poco de tiempo, mi señora se quedó embarazada y todo eso me hizo el retenerme más en la empresa. Porque en aquéllas fechas el hacerle frente a la vida era muy trabajoso, sobre todo en lo social. En ésta empresa, aunque me cueste decirlo perdí los mejores años de mi vida, al estar en ella 17 años largos y harto de pedirle que me reconocieran un poco el jornal no pude conseguirlo y al no encontrar respuesta alguna opté por buscar nuevos horizontes dónde trabajar con más dignidad y más motivación.

Estando trabajando en la Empresa Espuny, me pasaba por la fábrica de jabón para traerme a mí tío, que estaba allí de guarda, medio ciego, se llamaba José Bermúdez. Cuando tuvo lugar la entrada de las tropas nacionales en Morón en la Guerra Civil de 1936, el personal que prestaba el servicio de orden en el Ayuntamiento fueron retirados y puestos a disposición del orden que mandaban. Mi tío, hermano de mi madre, el mencionado José Bermúdez García, sólo hecho de haber servido al régimen anterior estuvo preso seis años. Lo mandaron al penal del puerto de Santa María. Después de un tiempo de estar en el penal, lo mandaron al penal de Burgos, siempre de penal en penal. Después de un periodo de tiempo lo trasladaron al penal del Dueso, en Santoña (Santander). Como quiera que las necesidades eran precarias la familia le mandaban un paquetito con golosinas porque el pan llegaba duro y la censura no dejaba nada más que un kilo de peso y el pobrecito lo pasaba bastante mal. Yo tenía una tía hermana del preso y acordaron de ir a hacerle una visita a Don Cristóbal Bermúdez Plata, que estaba en Sevilla ejerciendo de Director General del Archivo de Indias y como era pariente de la familia se dignó a recibirlas a las dos y cambiar impresiones a cerca del caso lastimoso. Don Cristóbal le dijo que en libertad no lo podía dejar pero cambiar de penal sí; entonces acordaron que lo mandarían de nuevo al Puerto otra vez y así se hizo hasta que lo pusieron en libertad. A raíz de la libertad, como había estado en el bando contrario le colgaban el San Benito de rojo y nadie le daba trabajo a ninguno. Entonces unos amigos de su hijo Antonio que era jabonero lo colocaron de guarda en la Merced, fábrica de aceite de oliva. Como quiera que él tenía la vista medio perdida de haber estado tanto tiempo sin ver luz del día, entonces yo le dije, ¡chacho, tú por las tardes, me esperas y así te vendrán conmigo! y por la tarde yo le cogía de la mano hasta que llegábamos a su casa en Capitán Cala. Cuando yo venía con mi tío por la tarde, lo notaba que al llegar al angostillo, él quería hacer el recorrido por la calle Las Morenas, el Polvorón y la Plaza y yo le decía vamos por el Ayuntamiento y llegamos más pronto y nos tomamos en la playa un chocolate. Entonces se clareó conmigo y me dijo que había en el ayuntamiento algunos que habían sido amigos suyos que se habían cambiado la camisa y han estado comiendo del régimen de Franco cincuenta años largos porque cogieron un puesto de trabajo, entre ellos unos cuantos que habían sido socialistas.

En la taberna de la playa por la tarde coincidimos muchas tardes con Don Paco García y mi tío José Bermúdez García como se conocían ellos hablaban del pasado que había sido muy triste y este es en síntesis otro periodo de vida que tocó vivir. En esta fecha yo tenía treinta años aproximadamente.

Me dijo un día el capataz de la finca que prestaba sus servicios con Don Paco García que le había dicho éste que buscara tres gañanes, que al siguiente día iban a empezar la sementera y al siguiente día fue el capataz con Don Paco a ver la forma de arar que llevaban los gañanes y estando el capataz presente con él, le dice Don Paco, ¡Manuel he visto que de los tres hombres que ha traído usted a trabajar, uno de ellos va descalzo, le pide usted el número de calzado que gasta ese hombre y se pasa usted por casa de Ramírez el zapatero, que es el que me trabaja a mí y me trae usted de allí unas botas para ese hombre, que se las ponga antes de meter mano a trabajar!, y esas cosas las hacen personas que tienen corazón grande o pequeño, pero corazón al fin y al cabo, aunque haya personas que puedan otra opinión, respetable, por carecer de esas vivencias, pero lo que debe ser gritado no se debe de enmudecer. Don Paco era un hombre muy humano, para lo que se estilaba por esas fechas en su clase social.

Pedí una excedencia de tiempo de un año en la Empresa Espuny y me fue concedida, y aprovechando que mis dos hijos ya eran lo suficientemente mayorcitos, me fui a buscar un nuevo trabajo. Porque yo sabía de antemano que el buen paño siempre se ha vendido dentro del arca, como así fue. Enseguida encontré trabajo, esta vez fue en Sevilla, me hablaron para irme a la capital a una empresa constructora de encargado de obra, estando en esta empresa como encargado de obra ocho años hasta que la empresa presentó suspensión de pagos por la mala administración del empresario.
Estando en Sevilla trabajando un día, se presentaron en la obra mis antiguos jefes para tener una entrevista conmigo y a la vez cambiar impresiones, ya que le habían dicho que estaba muy bien ( no le equivocaron ). Efectivamente, todo era verdad. Ellos habían ido a verme para ver si yo quería irme con ellos, pero ésta vez de encargado porque habían comprado unas instalaciones industriales nuevas y necesitaban una persona de confianza, y quién mejor que yo, ya que me conocían suficientemente.
Cuando ellos, me lo dijeron, le dije que si me daban de sueldo lo que ganaba en Sevilla que sí me iría otra vez con ellos, me preguntaron lo que yo ganaba y se lo dije y me contestaron que ellos no podían pagar tanto dinero. Yo le contesté diciendo que después de reconocer la atención que habían tenido hacia mi persona que les daba las gracias.
Y aprovechando aquel momento le dije que ellos habían tenido el pájaro metido en la jaula y le habían dado larga y ya era muy difícil que el pájaro volviera otra vez a la jaula. Estas palabras que yo les dije sirvieron para que se sonrojara un poco.
Una vez terminado el trabajo en ésta empresa por la mala administración empresarial cause baja en ella y me hablaron para que me fuera a Málaga a una empresa constructora llamada “Constructora Industrial S.A”, con sede en Málaga en calle Sevilla nº 1.
En ésta empresa constructora me pusieron unas condiciones muy buenas, pero cuando llegaba la hora de fin de semana nada de lo hablado aparecía. Un día, cuando llegó por la obra el jefe, que era ingeniero industrial yo le conté lo que me ocurría con la empresa acerca de los honorarios míos; él me dijo que se ocuparía de todo y lo arreglaría que no me preocupara. Al cabo de varios días transcurridos y no tener respuesta ninguna, le dije cuando se acercó por la obra que pusiera a otro encargado en mi puesto lo antes que pudiera que yo dónde debo de estar es en mi casa. Y así lo hice, me vine para Morón y no me faltó el trabajo hasta que me he jubilado por cumplir la edad de jubilación.

En el año 1980 aprox. estuve haciendo la urbanización Alameda I cuyo promotor era Antonio Porras.
Por indicación de Don José María Ortega Herrera, arquitecto que ejerce en Morón, tuve la invitación para que me hiciera cargo de hacer la obra de un casino particular y él era el jefe de la obra, lo cual estuve hasta su terminación, quedando muy contentos todos en general de la obra que se hizo ( desde marzo de 1981 hasta diciembre del mismo año ). El casino tenía en la actualidad 65 socios dueños y el nombre que le pusieron fue el de La Erilla S.A y por ese nombre se conoce hoy día.
Al siguiente día de terminar el casino, me incorporé a realizar la urbanización Alameda II, que se hizo cargo de la obra y movimiento de tierra Lalo Siles. Estuve trazando calles, movimientos de tierras, taludes etc. Cuando terminé esta urbanización, pasé a realizar otra urbanización en lo que hoy día es los Perales, en ella estuve haciendo trazado de calles, alcantarillado, acometidas de agua, colocación de postes para fuerza de luz, transformador de nueva planta etc.

Posteriormente pasé a la obra que empezaba Lalo Siles en la finca que tiene en La Florida y allí estuve hasta que se terminó la obra que duró tres años. La finca se demolió toda y se hizo de nueva construcción en su totalidad. Después pasé con el mismo dueño a la calle Carrera que también era de su propiedad, antigua casa de la Felisa, con una medida de 740 metros cuadrados y desapareció toda la obra vieja. Todo el trabajo lo alternaba con la explotación que tiene en la Sierra de Morón, Sidemosa, siempre haciendo obra. Por mandado de Lalo Siles, le hice a Don Tomás Guerrero una reforma en un chalet que tiene en Sevilla, en Reina Mercedes, Heliopolis. Le cambió toda la cubierta y le hizo un repaso general a todo el chalet, quedando muy contento con la obra que se había hecho. Cuando terminé el chalet, pasé otra vez a la casa de Cánovas del Castillo y allí estuve hasta su terminación, que duró tres años y medio. Hoy día es una de las mejores casad que hay en Morón. Me jubilé formando parte de una empresa y al poco tiempo de jubilarme, desapareció.


Ya jubilado, dispuse de tiempo libre, me hice socio lector de la Biblioteca Municipal de Morón y acababa un libro y empezaba otro, porque a mí me ha gustado siempre leer y escribir pero por las circunstancias no he podido hacerlo como quería. Ahora me ha sorprendido la vejez. Mi señora está enferma en la cama y la cuido junto con mi hijo Antonio. Ya me faltan las fuerzas. Ahora que podía terminar mis días tranquilo, la vivo con amargura porque la compañera esta muy enferma y todas las atenciones de mi vida las dedico hacia ella. Y aquí está en resumen la vida de un hombre que lo único que ha sabido hacer e trabajar mucho.


P.D.Referente a las empresas hago esta aclaración, el toque de agonía que se deja de sentir en la mayoría de las empresas en general. Yo culparía a los empresarios, al menos en lo que yo he visto y a mí me ha afectado. Al agonizante señoritismo patronal que tenemos en Morón. Parece ser que al capital le trae muy buena suerte el tener hambrientos sobre todo en la parte humilde, porque de esa forma ven ellos como cada día que pasa le va engordando más la talega de su dinero.

En los tiempos de bonanza que han pasado los “empresarios de mi pueblo", la mayoría eran señoritos cortijeros a los que todas las vacas les daban leche “cualquiera era empresario cualificado“, pero ahora que las vacas no dan tanta leche porque hay que tener una cultura empresarial con formación adecuada, se deja ver quién es el que sirve para dirigir una empresa y quien no ha evolucionado¡ queda claro!.
Los cabellos blancos que hoy cubren mi cabeza se erizan todavía al recordar aquéllos tremendos tiempos de un pasado que más no valdría ni recordar.

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