miércoles, 18 de octubre de 2017

Prólogo


Foto  Antonio Ramos www.aerofotoramos.com

¡Muchas gracias por compartir conmigo el blog que estás leyendo!.

!Desde la ciudad del Gallo, MORÓN-Sevilla-España!.
Paz,  amor  y alegría a los pueblos del mundo. Espero que la sonrisa nos  acompañe  cada día y que la discordia nunca se encuentre en nuestro  camino.



Foto Antonio Ramos www.aerofotoramos.com

¡Oh, alcazaba de Morón!...
¡Hasta cuando, tu desencanto!.


Llegaste a ser "Alkevirato" en tiempos remotos,
efímero "Reino de Taifas", en tiempos pretéritos.
"Refugio de castilleros", que cuidaron de tu entorno
y "castillo de las artes", entre bellos sueños rotos.


¡Thank so much for sharing with me the blog that you´re reading right now!.

¡From the plucked Rooster city, MORÓN-Sevilla-Spain!.


Peace, love  and harmony to the people of the World.  I hope that the smile  stay  with us each day and we never find discord in our ways.



La inmensa mayoría de las fotografías de este blog han sido realizadas por su propio autor. No obstante, es posible que existan algunas fotos obtenidas de la web para ilustrar algún artículo en concreto, sin uso comercial. 

Por tanto, si alguna imagen hubiese que retirar por cualquier razón, se agradece la comunicación, para proceder a su retirada lo antes posible.

domingo, 15 de octubre de 2017

Entre la Axarquía “Al Sharq” y las Alpujarras. Efluvios moriscos ante su luctuoso destino

Monumento en recuerdo a los vecinos de la antigua Madinat Antiqira" Antequera"

“Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío…, del morisco, que todos llevamos dentro”.

Entrevista de Gil Benumeya a Lorca en 1931

Breve introducción

Cuando el poeta Antonio Machado escribió “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón” en el contexto de la trágica Guerra Civil española, sus atemporales palabras se convirtieron en un verdadero referente en la Historia de España que se proyecta incluso hasta nuestros días. 

Es evidente que en el año 1492, una de esas dos Españas -la integrista, intolerante, rancia y refractaria como idea de Castilla- le helará el corazón a la España sefardí como prólogo de lo que ocurrirá más tarde con la población autóctona morisca, traumatizada y clandestina entre 1609 y 1614 que tuvo que soportar la pesada carga del exilio. 

Cabe imaginar la nostalgia y añoranza que sentiría aquella población morisca al verse obligado por la fuerza de las armas a abandonar su propia tierra y escuchar al mismo tiempo como celebraban el ansiado momento los cristianos viejos su desarraigo, con el repique de campanas sobre los alminares cristianizados en los puertos que abandonaban, como dijera el poeta rondeño del siglo XIII, Abul Beka.

Ya llora al ver sus vergeles
y al ver sus vegas lozanas
ya marchitas,
y que afean los infieles,
con cruces y con campanas,
las mezquitas.

Abul Beka, poeta rondeño del siglo XIII

Unas señas de identidad de un pueblo que junto con la memoria y el conocimiento quedarán borradas del mapa de la península definitivamente. La nueva invención política Iglesia-Estado comenzaba a polarizar sentimientos con el único objetivo de afianzar sus privilegios en el nuevo marco histórico. 

Después del Renacimiento andalusí -el primero de Europa- España padeció la Edad Media más larga de la historia del Viejo Mundo. Al comenzar la conquista de Al Ándalus por parte de los reyes cristianos, los musulmanes pasaron a llamarse mudéjares para posteriormente “convertirse al catolicismo” con el nombre de moriscos, siendo finalmente expulsados por la España integrista, dejando de ser oficialmente españoles.

La Casa del Islam en Al Ándalus "Dar al Islam" actuó como verdadero hilo de transmisión entre la cultura mediterránea y los andalusíes. Aparte de la cultura del agua y huertas, cultivaron la literatura, la ciencia, la filosofía y el arte islámico como se pudo demostrar con la captura de Toledo en 1085 que hizo adelantar inmensamente los conocimientos de los cristianos revelando la esfericidad de la tierra 400 años antes de Colón.

A ellos le debemos también las traducciones de los clásicos griegos: la medicina de Hipócrates y Galeno, la geografía, astronomía y trigonometría de Ptolomeo, la geometría de Euclides, la física de Arquímedes, la crítica de Aristarco, y la metafísica de Apolonio, Empédocles y Aristóteles que serán traducidas posteriormente al latín en la famosa Escuela de Traductores de Toledo, protegida por Alfonso X el Sabio en la que trabajaron musulmanes, cristianos y judíos.

Traducciones del griego al árabe y de éste al latín permitieron que el conocimiento fuese conocido en Europa para dotar de base la filosofía medieval y escolástica.

La expulsión de los sefardíes y moriscos no debiera ser un episodio menor en nuestra lacerante historia. El término morisco tuvo en su origen unas connotaciones despectivas y se ha empleado para designar a los miembros de una comunidad acosada y vencida. Este vocablo denomina a los musulmanes españoles o “cristianos nuevos” que se convirtieron por la fuerza al cristianismo para intentar proteger sus propiedades y evitar el trágico exilio.

Los moriscos descendían de los mudéjares, del árabe mudadjan (sirviente), término que se aplicaba a los musulmanes que permanecieron bajo la dominación cristiana después de la Reconquista, abonando un tributo al señor cristiano.

No cabe duda de que la expulsión de los moriscos fortaleció la nobleza junto con la Iglesia, al apropiarse de las propiedades de éstos, estableciendo condiciones más abusivas al campesinado para su explotación, con el fin de recuperar pronto las pérdidas causadas por la despoblación.

“Sólo podréis llevaros aquello con lo que pueda cargar vuestro cuerpo”.

Atrás quedaba anclado en la retina de la memoria un pasado cargado de nostalgia. Las viñas que plantaron sus abuelos con muchos sudores y que ahora quedarán incautadas en manos del Inquisidor, para ser pasto de la cizaña. No se podrán llevar ni sus hogares, ni sus tierras, ni las viñas, ni los árboles que plantaron sus ancestros… Ni tampoco los gusanos de seda, ni las acémilas, ni los caballos, ni las cabras que daban la leche para sus hijos, ni las gallinas… 

Omnis potestas a deo est “Todo el poder viene de Dios”.

¡Quien delatara a un morisco cobraba un porcentaje de sus bienes!. El resto lo confiscaba el Estado y una parte estaba destinado para la Iglesia “La Inquisición” como justo precio por su amparo sin fisuras. Aquí comenzaba el gran negocio para el nuevo Estado, que al igual que ocurriera en 1492 con la expulsión de los judíos sefardíes, no les movía el corazón sino el ansiado botín.

La población morisca tan sólo reivindicaba el derecho humano a ser quienes eran. El morisco converso que ya no era musulmán sino cristiano nuevo al “estar bautizado”, si permanecía en la península se arriesgaba a ser acusado de herejía por el Tribunal de Inquisición. Muchos moriscos para evitar su expulsión se tuvieron que refugiar como proscritos en los bosques de Sauceda en la provincia de Cádiz, en la Axarquía en la provincia de Málaga, en las Alpujarras de Granada y Almería o las escarpadas montañas de la Cabecera del Júcar “Xúquer” en Valencia entre otros lugares, después de haber malvendido todos sus bienes que no podían llevar consigo.

Un trabajo realizado por el profesor Martínez Gomis nos recuerda la figura de los "morisquillos" que fueron llevados a la ciudad de Alicante para ser adquiridos por las clases privilegiadas de siempre que se convirtieron en cómplices "nobles, eclesiásticos, funcionarios y gente de carrera". Una gran oportunidad de adquirirlos a precio de coste, siendo tratados como esclavos. La presencia de niños moriscos abarató el mercado de esclavos.

La consecuencia directa de la expulsión de los moriscos se deja ver a partir de 1570, cuando su marcha forzosa a otros lugares del Reino o fuera de él hace necesaria una repoblación, ya que había que evitar el abandono de los sistemas de cultivo tradicionales, basados en técnicas moriscas para el aprovechamiento del agua. Las crónicas de la época informan que la producción de la seda, el azúcar “assúkkar”, la almendra y el aceite “azzeit” de oliva estaban en peligro al ser unos recursos económicos fundamentales para las villas y pueblos.

El Bando de Felipe III decreta la expulsión de los moriscos y gitanos:

“(...) todos los Moriscos de este Reyno así hombres como mugeres, con sus hijos, dentro de tres días de como fuere publicado este Bando en los lugares donde cada uno viue salgan dél, y vayan a embarcarse a la parte donde el Comisario les ordenare, lleuando consigo lo que pudieren en sus personas.

Los dichos Moriscos, hallados fuera de su propio lugar, pueda cualquier persona sin incurrir en pena alguna prenderle, y desbalijarle, entregándole a la Iusticia; y si se defendiere, lo pueda matar.

Item, que qualquiera de los dichos Moriscos que escondiese, o enterrare ninguna de la hazienda, o la pusiere fuego, y a las casas, sembrados o arboledas, incurran en dicha pena de muerte (...).

Ordenamos y mandamos, que todos los gitanos, que al presente se hallaren en estos nuestros Reynos, salgan de ellos dentro de seis meses (...) y que no vuelvan a ellos so pena de muerte”.

La expulsión de los moriscos por Felipe III el 9 de abril de 1609 desencadenó un rosario de medidas que afectaron a la totalidad de las comunidades de origen musulmán originando el transvase de la mayoría de los moriscos al Norte de África. La expulsión generó numerosos problemas de orden político-jurídico y teológicos-morales.

Para paliar los problemas teológicos-morales se formó una "Junta de Teólogos" que absolvió de toda responsabilidad al monarca. La expulsión se inició con los moriscos valencianos. El bando de expulsión se publicó el 22 de septiembre de 1609, por orden del virrey de Valencia, Marqués de Caracena. En un plazo de cuatro meses la mayor parte de los moriscos valencianos habían abandonado el país, lo que da idea de la envergadura de la operación utilizando la casi totalidad de la flota disponible para tan luctuoso destino.

Se produjeron algunas revueltas que fueron reprimidas por los tercios de Lombardía.

Los decretos de expulsión y pureza de sangre cierran uno de los capítulos más vergonzosos de nuestra historia. Un genocidio que provocó el desarraigo y el éxodo de la población morisca hacia ninguna parte (se calcula que fueron entre 350.000 y 500.000).

No era por tanto nada extraño que al finalizar "la operación quirúrgica" de la expulsión de los moriscos se cantaran en todas las catedrales el solemne "Te Deum laudamus" dando gracias a Dios por tan "magna empresa".

“A moriscos y judíos les obligaron a entrar en la Iglesia por infieles. Sin embargo, a los gitanos los sacaron de ella por gitanos”.

Posiblemente tengamos el velo delante de nuestra retina al utilizarse todavía peyorativamente el término moro, matamoros o marrano cuando nos hemos referido al judeoconverso o al morisco sin saber que sus huellas forman parte de nuestro ADN histórico.

Al Ándalus duró casi ocho siglos (711-1492) con su proyección posterior de la presencia islámica hasta 1609, fecha de la definitiva expulsión de los moriscos. Nueve siglos de presencia andalusí frente a los seis de la Hispania Romana (211 a.C.- 409 d.C.).

Los vasallos moriscos eran considerados como mano de obra barata y además tributaban más impuestos que los cristianos viejos. En 1526, las aljamas pidieron a Carlos I que subsanase este agravio comparativo, a lo cual accedió éste, acordando que se equipararan los tributos entre moriscos y cristianos viejos. Expulsión e Impuestos. “La expulsión de los moriscos en Alicante” de Gerardo Muñoz.

Las sucesivas órdenes inquisitoriales obligaron a mantener abiertas las puertas de los moriscos. La sabiduría popular solapó al cerramento exterior unas cortinas sonoras para salvaguardar la intimidad del hogar y a la vez escuchar a quien entraba.

El zaguán se convirtió así en el primer elemento arquitectónico de resistencia. Y allí se colgaban templete de vírgenes, crucifijos o azulejos “azzuláyǧ” con el “Dios bendiga esta casa”, evidencias católicas para impedir que el inquisidor atravesara el umbral.

La denominada taqya, concepto coránico que permite al musulmán realizar prácticas ilícitas o haram en casos de necesidad, siempre que las hagan de corazón para conservar la fe y la vida. La taqa era una pequeña alacena donde se guardaban los objetos personales más íntimos del andalusí como el Corán o el misbah “especie de rosario” para el morisco. Descubrir el contenido escondido de la taquilla privada equivalía a la revelación pública de su alma clandestina. A la persecución. A la muerte. De ahí proviene la expresión moderna “salir del armario”.

El nacionalcatolicismo de la época nos ha proyectado desde tiempos inmemoriales de que no eres verdaderamente español si al mismo tiempo no eres católico. Una sinrazón que provocará el exilio de cientos de miles de moriscos cargados de angustia, nostalgia y desesperación y como consecuencia, la pérdida de sus señas de identidad en España.

Los moriscos eran los más expertos del Reino en temas tan vitales como la agricultura y la cultura del riego por acequias, el cultivo de la morera, la producción de seda, el cultivo del arroz, de la caña de azúcar, de las hortalizas, olivos, naranjos o la vendimia, amén de la pérdida irreparable que sufriría el Reino en la hacienda al recaudar menos impuestos. Los agricultores moriscos fueron auténticos pioneros en el cultivo en terrazas en las laderas de las montañas que evitaba la erosión de los montes y el aprovechamiento del agua.

Y aún así, la Corona española con su escasa altura de miras prefirió expulsarlos de su verdadera tierra autóctona y también de la de los padres de sus padres. 

¡Era necesario borrar de la Memoria Colectiva a los moriscos!.

El bando de expulsión provocó una especie de “esquizofrenia colectiva” en los cristianos nuevos que no sabían si decantarse hacia las posiciones de uno u otro lado al tener nombres árabes para su familia y recién bautizados para la Iglesia con nuevos nombres cristianos. La población morisca estaba angustiada por el duro golpe recibido. Un azote brutal que comenzó a dividir a las familias moriscas.

Llamarse con nombre católico era condición indispensable para salvar el pellejo. También hacía falta cambiar los apellidos para acreditar la ascendencia del converso. Algunos moriscos o judíos adinerados dotaron a la familia de un cristiano viejo para casarlo con una de sus hijas, añadirse sus apellidos y asegurar el futuro de su estirpe.

La población morisca cuyo noble oficio era el de cultivar la tierra no era ni un enemigo político ni un enemigo militar que representara un peligro para el poder de los Austrias aunque fueran considerados por el nuevo Estado como excluidos de la nueva sociedad por ser una “civilización antagónica” a dicho Estado: Cristiandad e Islam por la hegemonía del Viejo Mundo. 

La pérdida de la guerra en favor de las tropas cristianas dará lugar con el tiempo al epílogo de “lo morisco” como entidad social y cultural arraigada en un hábitat concreto durante siglos. Sólo quedarán grupos residuales a los que se les había arrebatado sus señas de identidad como prólogo a su posterior genocidio. 

Una minoría “sin historia nacional” tras la desaparición del Estado musulmán que encontraron su último reducto en las olvidadas montañas de la Axarquía, la Sauceda, las Alpujarras o las escarpadas y ásperas montañas de la cabecera del Xúquer en Valencia y que sin embargo, generaban a la sociedad de su época un conflicto social y cultural frente a los “cristianos viejos”.

El Duque de Lerma y Marqués de Denia, Don Francisco de Sandoval y Rojas, Válido de Su Majestad Felipe III, dispuso en el reino de Valencia, para los días 23, 24 y 25 de septiembre de 1609 el mayor oprobio e ignomínia -junto con la expulsión de los judíos en 1492-, de la que España se debiera sentir avergonzada. 

Miles de seres humanos inocentes y hambrientos, con sus alforjas cargadas de nostalgia y miedo se dirigían hacia los puertos establecidos para su expulsión. Reatas de moriscos tratados como bandoleros que transportaban los restos de sus vidas en albardas cargadas de olvido con el estigma de la expulsión. 

El primer lote de moriscos embarcan el 6 de octubre de 1609 desde el puerto de Alicante y los últimos saldrán oficialmente en 1614. 

En el Levante se establecieron 7 puertos para la salida de los moriscos: Alicante, Villajoyosa, Javea, Denia, Valencia, Moncofar y Vinaroz. También se habilitaron los puertos de Sevilla, Málaga, Gibraltar, Almuñécar, Motril, Cartagena y Murcia. 

Los portes corrieron a cargo de las arcas públicas durante los primeros momentos. Los siguientes embarques fueron sufragados por el morisco con recursos si no querían pasar el mismo trance que sus parientes pobres. El caos lo aprovecharon los saqueadores de las casas moriscas en tierra firme y armadores. A la bancarrota del negocio de la seda y del abandono de los campos, se unió el escándalo de las miles de monedas de vellón falsas que los ladrones pusieron de golpe en circulación tras robárselas presuntamente a los moriscos. Un desastre económico, político, social y cultural de enormes dimensiones.

Algunos moriscos eran condenados por herejía "post mortem" con tal de apropiarse de sus bienes raíces.

Los menos pudientes tomaron a la conversión los apellidos de sus señores a cambio de seguir cultivándoles las tierras como esclavos. De ahí proviene el conocidísimo “el que tiene padrino se bautiza”. Sea a cambio de dinero, matrimonio o de trabajo.

El nombre en hebreo y en árabe comienza designando el nombre del primer hijo varón. A esta fórmula se le llama kunia y de ahí proviene la deformada expresión “alcurnia”. Luego e añade tu nombre sencillo, el que te asignaron tus padres, a los que mencionas después hasta la tercera generación…

La huella morisca es la revelación de una parte clandestina y traumática de nuestro pasado a través de los efluvios y reminiscencias que aún mantenemos latente en nuestras costumbres y paisajes que nos rodean, de un legado de lo que fuimos que se proyecta hasta nuestros días.

También los moriscos transfirieron a la cultura cristiana parte de su patrimonio. Hasta no hace mucho tiempo se podían observar a las mujeres de Mojácar (Almeria) llevando la almalafa –vestido moro que cubría desde los hombros hasta los pies.

Aunque en Vejer de la Frontera, la vestimenta tradicional de la mujer vejeriega “la cobijada” tiene un origen castellano que se remonta a los siglos XVI y XVII, es evidente que posee reminiscencias andalusíes.

A pesar de la crueldad de los decretos de expulsión y pureza de sangre, muchos fueron los moriscos que decidieron quedarse dispersos y ocultos. Europa no fue el destino natural de los moriscos porque temían padecer idéntica persecución religiosa al haber calado el confesionalismo entre reyes y papas. 

Miles murieron en el tránsito hacia Berbería ahogados en el mar. Los que lograron alcanzar tierra en el Norte de África, fueron bien acogidos por pueblos más pobres económica y culturalmente que ellos. A muchos de esos moriscos sin patria también fueron tratados como extranjeros en sus lugares de destierro. 

Los moriscos actuarán en ciudades como Túnez y otros pueblos del norte de África como auténticos embajadores de una cultura hispanoárabe con sustrato andalusí fundando nuevos núcleos de población, rechazando los matrimonios mixtos con tunecinos de origen.

Los moriscos fueron expulsados de la península por descender de musulmanes. En Berbería sufrieron un desprecio similar por parecer cristianos y no hablar árabe. Desde el Atlántico hasta el Egeo, los moriscos que residieron en Berbería prefirieron llamarse andalusíes. 

Los que no pudieron huir de la península serán considerados como presuntos quitacolumnistas islámicos por el nuevo Estado. Otros se vieron obligados a echarse al monte para resistir “los monfíes”, auténticos precursores de los maquis.

Y por último, los que se mezclaron con los gitanos errantes, quicalleros en su mayoría (de ahí proviene la expresión despectiva quinqui).También hubo quienes huyeron a las afueras de las alcazabas y los recintos amurallados, en chozas o cuevas como las del Sacromonte o pueblos tan genuinamente moriscos como Baza o Guadix entre otros.



Visita a la Axarquía "al-Sharq" (Frigiliana y Vélez Málaga)

Hace 500 años que perdí mi lengua

Carlos Cano

Desde Morón, tierra de la Cal, del Flamenco y de nuestra propia esperanza, en cuyo término ejercieran su influencia en tiempos pretéritos José María “El Tempranillo” y “El Pernales” sin olvidar a nuestros paisanos Fernando Villalón, Julio Vélez y Juan Antonio Carrillo Salcedo entre otros, colocamos nuestro sextante autodidacta en la Axarquía “al-Sharq” que al igual que las Alpujarras impregnan y estimulan a la retina del viajero bajo su aires moriscos cargados de historia.


En esta ocasión visitamos la otra Málaga, la más exótica y auténtica ubicada en el Parque Natural de las Sierras de Almijara, Tejera y Alhama donde su río Chíllar con su afluente Higuerón, nos lleva hasta Nerja y los acantilados de Maro. Pueblos encalados con sus puertas azules que nos proyectan de alguna forma tiempos pretéritos bajo su clima subtropical. 

Transitando por algunos territorios nos hemos impregnado de bellos términos andalusíes tales como Al Gharb "occidente de la antigua Al Ándalus", Al Sharq "parte oriental", Algarbía " parte occidental o poniente de la provincia de Málaga en tiempos de Al Ándalus, y que actualmente forma la Comarca Natural del Valle del Guadalhorce sin olvidar Al Magrib "donde se pone el sol", orígenes de muchos pueblos que llegaron a Al Ándalus.

Algunos pueblos que forman la Axarquía: Vélez Málaga, Nerja, Torrox, Frigiliana, Sayalonga, entre otros.

Algunos pueblos que forman parte de la Algarbía o poniente malagueño: Alhaurín el Grande, Alhaurín de la Torre, Álora, Cártama, Coín, Valle de Abdalajís, entre otros.

Visitando la Axarquía junto con las cercanas Alpujarras se percibe en la "Memoria Colectiva de los Pueblos" que la expulsión de la población morisca no fue un episodio menor en nuestra lacerante historia. Los pueblos blancos con sus angostas y empinadas callejuelas jalonan nuestros paisajes cuyos efluvios y reminiscencias de tiempos pretéritos se han convertido en legado que pervive en la retina de nuestra historia, proyectándose de alguna manera hacia nuestra memoria colectiva como pueblo que intenta recomponer nuestro pasado, reinterpretar nuestro presente para que de forma aséptica, afrontar también nuestro futuro y el de nuestros hijos.

Las páginas de la historia nos recuerdan que desde el siglo IX la alquería de Frigiliana estuvo situada en la antigua cora de Rayya, formando parte de la zona de influencia del caudillo Omar Ben Hafsun, que se enfrentó al propio emir de Córdoba, Abderramán II.

La antigua Bobastro

Omar ben Hafsún no fue un “bandolero andalusí” en el sentido etimológico del término sino que siendo defensor de la vida campesina, Omar era contrario a la organización estatal de los omeyas y no estaba de acuerdo en la forma de gobernar éstos, que vivían en el despotismo y en la opulencia.

Omar ben Hafsún fue un personaje histórico a caballo entre el Islam y el Cristianismo que logró mantener en jaque durante 50 años el poder emiral de la antigua Córdoba -la ciudad más importante de la Europa de su época-, consolidando la mítica ciudad de Bobastro como epicentro de una rebelión que pudo cambiar el curso de la historia de Al Ándalus.

Omar ben Hafsún intentó establecer un pequeño estado independiente en Al Ándalus a finales del siglo IX y comienzos del X con capital en la “inexpugnable Bobastro”. Controló territorios que se le escapaban al Emirato de Córdoba, llegando a extender sus dominios en la antigua Elvira y Jaén por el este, la región de Ishbiliya por el oeste, Rayya (Málaga y la Axarquía) y el control absoluto de la Serranía de Ronda y los valles de Algeciras. 

En septiembre de 917 muere Omar ben Hafsún. Tras su muerte, Abderraman III sitia Bobastro y el 19 de enero de 928 la bandera de los omeyas comienza a ondear en la torre más alta de la fortaleza. Termina una de las épocas más convulsas de Al-Ándalus y al mismo tiempo comienza el periodo más glorioso de su historia que tiene como protagonista al califa Abd al-Rahman III que ejerce en torno a su persona el poder político y religioso.


Es constatable en Frigiliana restos neolíticos y también la presencia de fenicios y romanos pero sobre todo a partir del siglo VIII, será con la llegada de los musulmanes a la península cuando Frigiliana adquiera una especial relevancia en la comarca de la Axarquía, alcanzando un notable desarrollo urbano y económico, siendo escenario de un episodio tan significativo como fue la Rebelión de los Moriscos de 1569, auspiciada por las prohibiciones impuestas por los nuevos regidores cristianos, desencadenando la expulsión de los moriscos, y como consecuencia la despoblación y el hundimiento de la alquería de Frigiliana. 

Aún se mantiene hoy en día a modo de legado su Barrio Mudéjar calificado de Bien de Interés Cultural (B.I.C.), una estructura arquitectónica popular de origen árabe, lo que ha auspiciado que Frigiliana fuera galardonada con el Primer Premio Nacional de Embellecimiento de los Pueblos de España en 1982 y el Primer Premio del Concurso de Mejora y Embellecimiento de los Pueblos de Andalucía en 1989. 

Un barrio "al rabbad" que acoge cada mes de agosto el Festival de las Tres Culturas como símbolo del espíritu de convivencia que el pasado se dio por estas tierras.

En Frigiliana nos encontramos uno de los barrios moriscos mejor conservador de Andalucía. Entre la angostura de sus callejuelas empinadas comenzamos a subir por la calle Real hasta la calle Hernando el Darro que nos llevaba al Barrio Alto o “Barribarto” y bajar por la calle Zacatín entre comercios, plazas, algún que otro terrao y tabernas, destacando las cubiertas de tejas árabes y la belleza de las casas que proyectan su blancura con la tradicional cal con sus puertas de color añil, lo que produce una atmósfera morisca que al igual que en Las Alpujarras producen en las viviendas el tradicional “efecto botijo”, es decir, con la cal transpiran las paredes refrescando las viviendas en verano y mantiendo la temperatura en invierno. 


Recorriendo las sinuosas callejuelas se observan en algunos de sus muros varios paneles de azulejos “azzuláyg” que nos recuerdan la rebelión morisca de 1569 que tuvo lugar en el Peñón de Frigiliana (El Fuerte), donde se refugiaron los moriscos.

La forma cultivada del olivo (Olea Europaea saliva) fue traída probablemente del Mediterráneo oriental por los fenicios o los griegos arraigando en estos terrenos ya poblados de bosques de acebuches. En el siglo I, Columela hablaba de los injertos de olivo en acebuche, que era práctica corriente. Entre los siglos II y III, el aceite de la Bética ganó tal reputación, que casi toda la cosecha se exportaba a Roma, capital del Imperio, distante de Hispania seis días de navegación. Además de los usos culinarios, el aceite se ha utilizado para alumbrar, hacer jabón y como medicamento. Hoy e día es muy reconocida su bondad como preventivo contra las enfermedades cardiovasculares. El olivo, árbol longevo y emblema de la cultura mediterránea, se ha convertido en símbolo de la inmortalidad, la reconciliación y la paz. 

La uva moscatel de Málaga es la más famosa de las uvas soleadas del mundo, por su tamaño grande, ovalado y exquisito sabor muy dulce. Se cría en la Axarquía, donde tanto se cuida su elaboración. Tradicionalmente, la pasa más selecta se presenta en racios calificados de primera clase o de segunda clase. La pasa desgranada se clasificaba en siete órdenes: reviso, medio reviso, aseado, corriente, menudo, escombro y cochaque. Desde el siglo XVIII hasta el primer tercio del XX, la producción de pasas fue un pilar básico de la economía malagueña. La vendeja daba ocupación a miles de hombres y mujeres en la delicada faena de manipulación del fruto, que se exportaba casi todo a los países europeos y América. 

La caña de azúcar llega desde el sudeste de Asia, siendo utilizada en la alimentación hacia el 3000 a.C. Dioscórides, médico y naturalista griego del siglo I hablaba de una especie de miel que se dice sacharo, la cual se halla en la India y en la Arabia feliz, cuajada sobre las cañas a manera de sal. Los árabes extendieron la caña por el Mediterráneo. Ya en el siglo X de cultivaba en la Vega de Vélez, pero sólo se aprovechaba su jugo, que se chupaba directamente. El azúcar entonces era un producto que solo se usaba con fines medicinales. En el siglo XVII don Iñigo Manríque de Lara, V Señor y I Conde de Frigiliana, plantó cañas y estableció trapiche para ingenio de azúcar”. Desde entonces se ha mantenido esta actividad, siendo hoy el ingenio de Frigiliana la única fábrica de miel en producción de toda Europa.

El cultivo de la vid comenzó en Asia Menor, donde muchos botánicos sitúan la cuna de la “vitis vinífera”. Probablemente antes del 600 a.C., los fenicios llevaron variedades de vino a Grecia, Roma y al Mediterráneo occidental. En la Málaga musulmana y la Axarquía florecieron muy bien cultiadas las viñas. El rey de Málaga Idris II, en el 1050, se complacía en beber el dulcísimo vino malagueño, el xarab-al-malaqui. Según Medina Conde, el vino tierno de Málaga era muy semejante al que Plinio llamaba Diachylon, que se realizaba de uvas pasadas por siete días al sol y pisadas al octavo. Los vinos de Málaga han sido famosos por su especiel calidad durante el siglo XVIII se exportaba a Inglaterra, Norte y Este de Europa y América.

Parte de la historia de Frigiliana está contada en doce paneles cerámicos, con textos extraídos del libro “Vida y diáspora morisca en la Axarquía Veleña” de D. Antonio Navas Acosta, colocados en distintos rincones y calles del “Barribarto” (El barrio alto) que relatan la situación de este pueblo y la zona en los meses previos a la batalla del Peñón de Frigiliana en junio de 1569.

En la empresa tomaron parte fuerzas de mar a las órdenes de Luis de Requesens, de don Álvaro de Bazán y de don Sancho Leiva. Esa Armada contribuyó eficazmente al buen éxito de la expedición, cooperando en operaciones tan brillantes como la del Peñón de Frigiliana, y los acometió Requesens al frente de 6.000 hombres entre los cuales se contaban 800 marinos.


Andrés el Chorairán monfí natural de Sedella, estimuló los animos de los suyos para la rebelión. La gente moza que comenzaba a alborotarse la contuvo el morisco Luis Méndez, hombre influyente en Canillas, pero no pudo evitar que atacaran una venta de un cristiano, ni que mataran en ella a varias personas. Acudió el Juez de Vélez Pedro Guerra, y muchos inocentes moriscos, entre ellos Luis Méndez, que había impedido la revuelta, fueron presos y cargados de cadenas y sometidos a crueles tormentos.

El 11 de junio, día de San Bernabé fueron atacados por los cristianos.




Desde Frigiliana visitamos Vélez-Málaga -capital de la Axarquía-, donde nos ilustramos un poco sobre su historia. 



El 27 de abril del año 1487 entrega la ciudad de Velez a los Reyes Católicos el Alcayde Bulcazan Vanegas.

Subimos hasta la Alcazaba de Vélez-Málaga (La Fortaleza) que se levanta en el punto más elevado de su casco urbano con un amplio dominio visual del territorio, entre la costa y el interior. Llegó a ser por su fácil defensa un enclave estratégico para cumplir su función militar. 

Su origen puede remontarse al siglo X pero será a partir del siglo XIII, durante el periodo nazarí, cuando la Alcazaban conozca su etapa más significativa. 

A finales del siglo XIX, el castillo es abandonado y se vende para convertirse en una cantera, lo que provoca su destrucción y su ruina. Su torre fue reconstruida casi en su totalidad en 1973.

Descendiendo hacia el casco urbano por callejuelas sinuosas nos encontramos con la Iglesia de Santa María que como otras muchas se levanta sobre la antigua mezquita aljama andalusí. Es de estilo gótico-mudéjar, siendo construida a finales del siglo XV y comienzos del XVI.




El Axarco 

Cercano el 30º aniversario de la creación del Axarco como unidad monetaria social y sostenible que intentaba dotar a los habitantes de la Axarquía de unas señas de identidad propias, es necesario hacer un poco de historia sobre la creación de dicha moneda que ha ido desapareciendo con el tiempo. 

En el año 1988 nace el Axarco como unidad monetaria de los pueblos de la Axarquía malagueña bajo la idea del Antonio Gámez Burgos, natural de Vélez-Málaga, estudioso de la historia andaluza, que en su afán de construir una comarca unificada, decidió crear el Axarco. Su interesante iniciativa se inspiró en la época andalusí, cuando entre 1480 hasta 1490 el Zagal “Abū `Abd Allāh Muhammad az-Zaghall” concedió a la Comarca la existencia de una moneda.

El profesor Antonio Gámez Burgos -fallecido en noviembre de 2007- con ello estaba reivindicando el legado cultural de la antigua Al Sharq “Axarquía” que estuvo marcada por la rebelión morisca entre 1568-1571.

Tanto las monedas como los billetes de axarcos y axarquillos muestran la imagen del botánico y médico malagueño “Abén el Beithar", quien introdujo el cultivo de los cítricos en la comarca de La Axarquía.

Ibn al-Baitar “el hijo del médico” fue un botánico y médico árabe nacido a finales del siglo XII, en Benalmádena y muerto en Damasco en 1248. Viajó mucho tiempo, sobre todo por Egipto, para estudiar las plantas, y fue nombrado director general de los jardines de Damasco por Malek-al-Khamil. 

Escribió en árabe una obra muy interesante Kitāb al-Jāmiʻ li-mufradāt al-adwiya wa-l-aghdhiya (Libro recopilatorio de medicinas y productos alimenticios simples) que llegó a ser una importante obra de referencia para los médicos de la Edad Media. Del nombre arábigo Al-Beitar de este médico se cree que proceda el de Albéitar, que hoy se da a los veterinarios.

Actualmente, es poco frecuente ver carteles en establecimientos en el que se especifica que se acepta el uso de la moneda axárquica. En cualquier caso, la mayoría de las monedas y billetes de axarco son guardados por coleccionistas, por lo que su circulación es muy limitada. 

La moneda de la Axarquía tiene valor en sí misma al estar hecha de plata. En este sentido, el valor monetario de cada una de ellas se establece en relación al peso en plata. 

El axarco en su origen equivalía a 100 pesetas, está impreso en color rojo con las efigies de Ibn Beithar, botánico alquimista que inició la plantación de limones en la comarca de la Axarquía en el año 1216, y de Felipe II junto al Peñón de la localidad de Trisiliana, con lo que pretende simbolizar la rebelión de los axárquicos en el año 1569. Junto al axarco estuvieron en circulación otros billetes llamados axarquillos y que tuvieron un valor de 50 pesetas. 

La de mayor valor pesa 20 gramos de plata, lo que al cambio se traduce en 20 euros. Le siguen la de 10 euros, la de 4, denominada axarquillo, y la de 45 céntimos a la que se conoce como miajaxarquín.

Los billetes de Axarco llegaron a ser cheques al portador con un valor en pesetas respaldados por una cuenta bancaria de lo que era la Caja de Ahorros Provincial de Málaga "Unicaja". 




La Avenida Carlos Cano nos llevó a la Avenida de las Tres Culturas en dirección a Nerja, Vélez-Málaga y posteriormente hacia Antequera como epílogo de nuestra ruta.

A unos 5 km. de Frigiliana se encuentra Nerja “la Narixa andalusí”, cuya etimología dará origen a su actual nombre. No muy lejos, se encuentra la autovía de Costa Tropical-Sierra Nevada que nos introduce en La Alpujarra granadina donde llegaremos a las faldas de la Sierra de Lújar y Sierra Nevada con Órgiva, Capileira, Bubión, Pampaneira, Yegen, Válor hasta llegar al Puerto de la Ragua. Muy cerca se encuentra Láujar de Andarax, donde Morayma, la esposa de Boabdil encontrara la muerte. 



Pero eso formará parte de otra interesante historia del blog de mis culpas. Desde Frigiliana, en la Axarquía malagueña, para el blog de mis culpas...



P.D. Los descendientes de los sefardíes han conseguido cierto grado de reconocimiento jurídico y cultural en el imaginario colectivo español. Los descendientes de los sefardíes también pueden obtener la nacionalidad española tras residir legal y continuadamente dos años en nuestro territorio. Y es justo que así sea. Pero donde existe la misma razón, debe concederse el mismo derecho, ese que no tienen los descendientes de moriscos, tan condenados al exilio de su patria como aquéllos.


Bibliografía

La huella morisca de Antonio Manuel.

Los moriscos "Cuadernos de Historia 16".



martes, 26 de septiembre de 2017

EXPOSICIÓN "EN CAL VIVA". Un trabajo de los caleros de Morón



¡Cuando muera el último calero, se habrá quemado el último pergamino de una biblioteca viviente que ha contribuido fielmente a un desarrollo sostenible de su hábitat, con un alto interés etnológico!.

Blog de Antonio Cuevas


En la mañana del lunes 25 de septiembre de 2017 hemos tenido la oportunidad de realizar una visita a la exposición “En cal viva”, ubicada en el Espacio Santa Clara de Morón de la Frontera y dedicado al trabajo de la cal y de los caleros de Morón, unos grandes desconocidos y olvidados hasta no hace mucho tiempo.

La práctica tradicional ligada a la elaboración de la cal ha sido durante mucho tiempo una fuente de empleo para Morón de la Frontera siendo una importante seña de identidad. El reconocimiento por la UNESCO ha contribuido a dar un fuerte impulso para sensibilizar a la opinión pública sobre la práctica e importancia de la producción artesanal de la cal con un especial valor a la recuperación de los conocimientos y técnicas para el uso de la cal en la construcción sostenible. Cuando la producción de cal artesanal se redujo como consecuencia de la fabricación industrial, los hornos y a su vez la transmisión de conocimientos cayeron en desuso.

La exposición “En cal viva” con fotografías didácticas de Manuel Gilortiz, gran conocedor junto a Isidoro Gordillo del mundo tradicional de la cal ha sido el resultado de una colaboración conjunta entre la Fundación Fernando Villalón y el Museo de la Cal de Morón -Patrimonio de la Humanidad desde el 25 de noviembre de 2011-. 

Es evidente que dicha exposición de carácter etno-fotográfico de la Cal de Morón posee efluvios y reminiscencias de tiempos ancestrales al haber sido legada la elaboración de la cal como depósito y transmisión de verdaderos conocimientos tradicionales que han sido aprendidos de generación en generación y de los cuales existe documentación desde hace al menos más de cinco siglos aunque este oficio milenario se pierde en la noche de los tiempos.


La cal era ya conocida varios milenios a. de C. como material de construcción para morteros y revestimientos en Catal Hüyük,-Turquía-, en Mesopotamia, en el antiguo Egipto, en China y en la India. Las páginas de la historia también nos recuerdan que el opus caementicium u hormigón romano llegó a ser una de las claves del éxito de las construcciones de su época por su enorme solidez, actuando la cal como aglutinante. Roma hizo uso de la argamasa de cal desde principios del siglo II inventando el opus caementicium, una mezcla de piedras pequeñas, grava, arena, cal, agua.

La cal se ha utilizado para hacer uno de los morteros más usados en la construcción hasta casi finales del siglo XX cuando se generalizó el uso del cemento. A pesar de la industrialización feroz que ha sufrido el sector de la construcción, todavía existen caleros que saben cómo se produce la cal artesanal, aunque quedan muy pocos desafortunadamente.

Morón ubicado en la frontera de su propia esperanza aún sigue demostrando que es un ejemplo para el mundo de que la cal sigue estando más “viva” que nunca. La revitalización del oficio ha sido objeto de reconocimiento como actividad que mejor refleja los principios de la Convención para la salvaguarda del Patrimonio Inmaterial (2003).

Al entrar en la exposición “En cal viva” observamos su gran valor documental y didáctico de un oficio milenario como es el del calero como tesoro vivo, que aún pervive como seña de identidad en Morón y que se llevan por bandera en numerosos “pueblos blancos” que jalonan nuestra serranía.

Caleros de Morón

Comienza la exposición con un agradecimiento por parte de Manuel Gilortiz a los caleros como los verdaderos protagonistas, que han sabido mantener gracias al esfuerzo y constancia un oficio milenario, lamentablemente hoy olvidado en la mayoría de los lugares de la geografía de la cal, en España.


El primer panel ilustrativo que observamos al entrar en la exposición  nos ilustra sobre el papel de la cal de Morón en África, cuyos hornos construidos en Turkana han sido elaborados con la sabiduría de los maestros caleros de Morón.

El objetivo de esta construcción es enseñar el oficio de calero a un grupo de misioneros de la Comunidad Misionera de San Pablo Apóstol que viven y trabajan desde hace casi 30 años por los más desfavorecidos en esta región del cuerno de África.
La escasez de oportunidades alternativas al decadente pastoreo nómada y las fuertes sequías y hambrunas que cíclicamente asolan la zona, unido a la iniciativa de los misioneros por dotar de agua mediante presas de mampostería para almacenar agua de erráticas y torrenciales lluvias típicas de la zona, trajo a la palestra la idea de producir localmente el material aglomerante necesario al estilo de los romanos: cal y arena.
Dada la dificultad de trasladar a un calero de los de toda la vida a una zona tan remota y difícil, se optó por levantar un horno réplica del africano en el Museo de la Cal, y ponerlo a funcionar en presencia del responsable del proyecto en Kenia quien tendrá la oportunidad de conocer de primera mano el oficio para trasladarlo posteriormente a la zona y conseguir finalmente hacer cal en el desierto. 



El siguiente panel ilustrativo nos acerca al Museo de la Cal de Morón. El blog de mis culpas ha realizado varios artículos sobre la Cal de Morón realizando además una visita al Museo de la Cal en octubre de 2013 donde nos ilustró su director Manuel Gilortiz.

Los principales objetivos del proyecto son la toma de conciencia e importancia de la práctica de la fabricación artesanal y mejoras en las condiciones de vida de los caleros. Con este fin, se creó la Asociación Cultural Hornos de Cal de Morón y así nació el Museo de la Cal en el que se muestra el proceso artesanal  in situ. 

Y dentro de este marco geográfico natural rodeado de efluvios a tomillo, romero, algarrobos, lentiscos y palmitos como única palmera autóctona de la Península Ibérica y de Europa, nos encontramos junto a la Sierra de Morón el Museo de la Cal ubicado en la aldea denominada “Caleras de la Sierra” y declarado por la UNESCO “Patrimonio Inmaterial de la Humanidad” en  noviembre de 2011.

Dicha declaración ha dado un importante y necesario impulso a la sensibilización de este valioso patrimonio etnológico y antropológico como legado de nuestros ancestros, siendo consideradas auténticas reliquias vivas. Un claro ejemplo de la recuperación y revitalización del saber tradicional como el oficio de calero casi olvidado. Todo ello, gracias a la iniciativa de un grupo de personas sensibilizadas porque una de sus señas de identidad no caiga en el olvido.


El mundo de la cal tradicional ha sido un mundo heredado de generación en generación desde tiempos inmemoriales hasta los últimos caleros tradicionales en vías de extinción. Un trabajo muy duro y penoso con altas temperaturas constantes en los hornos que oscilan entre 900 y 1000ºC, durante 24 horas en un proceso que dura entre 12 y 15  días.

La cal tiene más de 130 usos aunque el papel más antiguo que se conoce es en la construcción de obras públicas y civiles. La cal posee también importantes aplicaciones en la industria química, siderurgia, medioambiente, cerámica, agricultura, agroalimentación, elaboración del papel, industria del vidrio, ingeniería civil, ganadería, industria azucarera, blanqueo de fachadas, etcétera…
La cal artesanal a diferencia de la cal industrial sirve también para la restauración del Patrimonio Artístico e Histórico como lo demuestra la restauración del Patio de los Leones de Granada entre otros monumentos significativos. La cal tiene tantas utilidades que incluso en la actualidad se utiliza para reforzar los pilares deteriorados de importantes monumentos históricos, a las que se le inyecta cal hidráulica para regenerar las grietas dañadas por el paso del tiempo.


El calero Juan Ortiz

Los caleros como artesanos en la materia han sabido transmitir la riqueza de esta ancestral cultura que ha pervivido durante siglos y que el Museo de la Cal pretende conservar y difundir este patrimonio dando a conocer la cultura de la cal, el calero y su medio, promoviendo la visitas didácticas al Museo en el que podemos encontrar dos hornos totalmente restaurados que datan del siglo XIX, una casilla denominada de “del Calero”, un centro de interpretación y una sala de proyecciones donde el visitante conocerá de primera mano todo el proceso de la elaboración de la cal y su influencia en la cultura andaluza, que ha llegado a a ser una importante seña de identidad de Morón, reconocida en el mundo.

Desde el mismo Museo se pueden apreciar dos formas diferentes de explotación de los recursos naturales. Por un lado, la explotación racional de los recursos naturales por parte de los antiguos caleros durante muchas generaciones como forma de supervivencia, existiendo un equilibrio entre la naturaleza y el ser humano. Su explotación desde tiempos remotos ha estado basada en la utilización de hornos tradicionales que han recogido el testigo de los romanos y que los árabes mejoraron su proceso, utilizando la leña de olivo como combustible por su alto contenido calórico, lo que ha servido de apoyo a una economía de subsistencia de la zona.

Por otro, las modernas empresas mineras que sobreexplotan intensivamente dichos recursos naturales causando un grave impacto medioambiental. Es evidente que cada visitante sacará sus propias conclusiones.


El Museo de la Cal tiene como objetivo restaurar y conservar la artesanía de la cal e investigar sobre el oficio llevando a cabo actividades formativas sobre nuestro Patrimonio Etnológico como lugar que alberga formas relevantes de expresión de la cultura y modos de vida del pueblo andaluz. Los hornos de las Caleras de la Sierra han pasado a formar parte del Catálogo General del Patrimonio Etnológico Andaluz como "Bien de Interés Etnológico", lo que le confiere preferencia a efectos de conocimiento, protección y difusión. También se protegen aquellos conocimientos o actividades en peligro de extinción favoreciendo su estudio como parte integral de la identidad andaluza. Entre los objetivos del Museo de la Cal está conservar, investigar y difundir este ancestral legado cultural.

Posee también un fondo de documentación donde estudiar e  investigar para la promoción científica y cultural mostrando un patrimonio vivo, donde sus elementos claves son el calero, la cultura de su trabajo, los usos del territorio y el paisaje, llevando siempre a Morón por bandera. Por tanto, es necesario resaltar la investigación, documentación y difusión que la Asociación Cultural Hornos de la Cal de Morón realiza en la salvaguarda que permita revitalizar esta tradición ancestral en vías de desaparición denominada los caleros y su cultura. Los hornos de cal son construcciones de valor antropológico e histórico vinculados a actividades tradicionales unidas a los caleros de la aldea.

La cal ha sido utilizada desde tiempos inmemoriales como material aglomerante en la construcción de edificios civiles, castrenses y religiosos así como en las obras públicas ya que mezclada con agua y arena se obtenía una especie de mortero o argamasa que se utilizaban para pegar ladrillos o piedras, lo que otorgaba una gran resistencia. Grandes lienzos de murallas, acueductos, puentes, catedrales ó canalizaciones de aguas han sido elaborados con morteros de cal, al ser un material duradero e impermeable en la construcción hasta la aparición del cemento en el siglo XIX y su auge en el siglo XX como el principal agente cimentador en la construcción al endurecerse al contacto con el aire.


La cal tiene tantas utilidades que incluso en la actualidad se utiliza para reforzar los pilares deteriorados de importantes monumentos históricos, a las que se le inyecta cal hidráulica para regenerar las grietas dañadas por el paso del tiempo. Incluso la restauración de los leones de la Alhambra de Granada se ha realizado con Cal de Morón.

Posee también un comportamiento bioclimático que da al interior de la vivienda frescor el verano y calor en invierno, logrando lo que se denomina el “efecto botijo”, al permitir la circulación del aire y evaporación de la humedad, muy conocido en las casas antiguas de Andalucía al ser una solución barata, eficaz y ecológica.

Otros usos importantes de la cal incluye la neutralización de los suelos ácidos en agricultura, en  la fabricación de vidrio y papel, el lavado de ropa blanca, el refinado de azúcar, etcétera. La cal viva reduce la acción bacteriana en el tratamiento de residuos animales al mismo tiempo que permite la circulación del aire y la evaporación de la humedad. Dichos residuos constituyen un excelente fertilizante como la gallinaza que se aplica en los campos de cultivo, aportando al suelo fósforo, nitrógeno, potasio, calcio, magnesio, azufre y materia orgánica. También se usa la cal en la protección del medio ambiente al tratar las aguas residuales y lodos.



Todos recordamos en nuestra infancia a nuestros padres y abuelos encalar las fachadas y los paredones de nuestras casas con los tradicionales pinceles quedando relucientes con su tradicional blancura. En la provincia de Sevilla, la Sierra Sur y la ruta de los pueblos blancos cercana a  ésta  son  claro ejemplo de blancura de sus casas. 
Los caleros de Morón eran las personas que fabricaban la cal, de manera tradicional cuyo proceso iba desde barrenar las rocas y colocar en su interior pequeñas cargas de explosivos, llevar las piedras hasta el horno tradicional, utilizando las piedras grandes en círculos como armaderas, llenando la parte trasera con los llamados matacanes o piedras pequeñas, con leña de olivo en el centro del horno y así sucesivamente hasta llegar hasta la altura indicada, con huecos en el cono final para que salgan los gases y una puerta donde se introducía la leña para seguir manteniendo el fuego durante al menos dos semanas.

Al final de su proceso de calcificación, se extrae casi dos terceras partes de óxido cálcico debido a la deshidratación del carbonato cálcico.

Todos los utensilios dedicados a la elaboración de la cal están en su entorno natural como los hornos de la cal, la casilla del calero etc... En el Museo de la Cal, situado en las Caleras de la Sierra a unos 5,5 kms. de Morón de la Frontera hacia Montellano se puede visitar la seña de identidad por excelencia más importante de nuestro pueblo, la cal.

En el año 2010 el Museo de la Cal abrió sus puertas convirtiéndose en un transmisor de conocimientos cuyas actuaciones no sólo se concentran en el ámbito de Andalucía o de España sino traspasando fronteras al colaborar en proyectos tan diversos como el que mantiene en Marruecos o en Turkana “Kenia” que colabora en un proyecto solidario con la Comunidad Misionera de San Pablo, donde se han construido hornos de cal, dirigidos por artesanos caleros de Morón.

La exposición "En Cal Viva" se divide en cuatro apartados:



LA HORNADA

Para llevar a cabo el proceso de ahornado o llenado del horno, previamente se ha seleccionado la piedra caliza en la cantera, tanto en calidad como en tamaño, distinguiendo entre armaderas, de mayor tamaño y con forma de amorfas, los matacanes, algo más pequeños y sin perfil determinado, y los ripios, más pequeños y colocados detrás, junto a la pared del horno.

Las primeras piedras, las armaderas, se colocan en la parte inferior del horno sobre los poyos. Esta primera andanada no tiene más de 50 cm. de anchura y la roca se coloca de canto para favorecer la entrada del fuego entre ellas; deben calzarse muy bien pues de ellas dependerá la estabilidad de las siguientes andanadas.

A continuación, se siguen colocando las armaderas trabándolas con los matacanes y posteriormente con los ripios, teniendo en cuenta que, poco a poco, en cada andanada, las armaderas han de ir sobresaliendo sobre la que está apoyada, para ir formando la bóveda.

Conforme sube la construcción, en la parte inferior del vaso, se va construyendo el peto o pared frontal del horno, donde situaremos a ras del suelo, la puerta terriza, encargada de aspirar el aire necesario para la combustión. Y, a 1,5 m. de la puerta terriza, se abre la boca del horno, puerta por donde se alimenta el fuego.

Una vez se ha sobrepasado el peto, la construcción va ganando en anchura y, por tanto, en volumen de piedra, pues las andanadas en esta altura del ahornado ya alcanzan 1,5 m.  Hay que reseñar que cada 6 o 7 andanadas, se rellena de leña, sirviendo al mismo tiempo de andamiaje y facilitando la colocación de piedras. La operación se repetirá hasta llegar a la parte superior del horno o vuelo, cerrando aquí el centro de la bóveda. A partir de este punto, las piedras se colocan unas sobre otras, construyendo la cabeza del horno, de una altura aproximada de 3 o 4 m. Así, se aumenta, la capacidad de producción de cada hornada. La sabiduría del calero la levanta dejando los menos huecos posibles entre piedras, para optimizar la carga del horno. En esta ocasión las armaderas, serán de menor tamaño que las empleadas para la construcción de la bóveda, orientándose de forma inversa a la colocación realizada en la caldera, es decir, de fuera hacia adentro, para evitar el desplome. Tras éstas se asentarán los matacanes y ripios.

Acto seguido, a ras de la pared interior del vaso, se forma el enripiado: para esta construcción se escogen ripios de forma plana y unos 25 cm2. Colocados uno a uno, a modo de muro de piedra seca, de unos 40 cm. de anchura y 2,5 m. de alto, va revistiéndose toda la cabeza, hasta llegar a la parte superior. Todo ello se refuerza con la cinta, elaborada con piedras de tamaño mediano, las cuales se van trabando entre sí y con arcilla caliza. Tres anillos de cables de acero rodean la cinta, a unos 60 cm. de distancia entre ellos. En la parte inferior de la cinta se dejan unos huecos llamados caños o troneras, de unos 30 centímetros cuadrados, por los cuales saldrán los fuegos y serán los indicadores del punto de cocción de la hornada.

La construcción de la hornada, culmina en la parte superior de una andanada de unos 30 cm. de espesor, de pequeños ripios. Ésta será cubierta con una capa de pasta de cal de 6 cm. de espesor, la torta, evitando la fuga de calor.



LA COCHURA

El proceso de cocción es un proceso delicado y concienzudo, controlado con celo  y en todo momento por los maestros caleros. La cochura es la acción de calcinar la roca caliza (carbonato cálcico) y convertirla en cal viva (óxido cálcico).

Comienza meses antes con el acopio y preparación del combustible, la leña. El mejor combustible utilizado para estas labores es la leña de olivo; por la proximidad y abundancia de la misma en la zona y porque, gracias a la poca ceniza residual que genera y su llama larga y limpia, aporta a la cal propiedades y particularidades propias de la cal artesanal de Morón, como son su untuosidad, plasticidad y adherencia.

Para la introducción de la leña en el interior del horno los cocedores, cuentan con una herramienta fundamental y de gran ayuda para sus labores como es la horquilla; herramienta compuesta por un cabo de madera por donde asirla, unido a una barra de hierro de unos tres metros de larga y rematada en la punta por una horqueta, con la que enganchar y empujar los troncos hacia el interior de la caldera. Con ella se moverán las ascuas del fuego para evitar la formación en exceso de cenizas.

El primer acto en el proceso de cocción, es el encendido del horno. Para ello, se prende la leña contenida en el interior de la bóveda. Ésta tardará unas 12 horas en consumirse, manteniéndose un fuego lento e ininterrumpido, que irá calentando el horno poco a poco, evitando un calentamiento brusco y agresivo, que pueda derrumbar la construcción interna. Una vez consumida la leña de la caldera, y estando el fuego aún vivo, el cocedor irá alimentando el fuego de forma constante y progresiva, controlando en todo momento la temperatura entre 858ºC y 1000ºC. La cochura durará entre 12 a 15 días, ininterrumpidamente. Un equipo de tres cocedores expertos, en turno de 8 horas, mantendrán el fuego vivo, sabiendo en todo momento la cantidad necesaria de leña para calentar el horno.

El indicativo que nos informa del punto de cocción son los caños o troneras; los primeros días de cochura nos dejan ver el color negruzco de las piedras del interior, poco a poco de van tornando en un color anaranjado, alcanzando al final un color amarillo oro, que unido a la inexistente salida de humo (sólo expulsa calor o fuego limpio), nos indica que la piedra está cocida.

La clave formada por pequeños orificios en la parte más elevada del horno, dirige los fuegos hacia las rocas, en esta zona más pequeña, que aún no ha alcanzado el punto óptimo de cocción. La apertura de éstos, se realiza manualmente y de forma aleatoria, con una distancia entre ellos de unos 50 cm. y sirviéndose de una barreta de acero. Una vez se alcance el punto de excelencia deseado, asegurándose de que no queda ninguna zona sin cocer, el proceso ha finalizado.

El calero procederá a tapar la puerta de alimentación, así como la puerta terriza y el caballo, evitando la entrada de aire que deteriore el producto final. El fuego se ahogará poco a poco y el horno de apagará lentamente.

Toda la piedra contenida en el interior debe estar perfecta y totalmente cocida pues, una vez acabada la cochura, el vaso se utilizará de almacén del producto, extrayéndose según la demanda. Si quedasen algunas piedras sin cocer, éstas tardarán en enfriarse más que la cal, provocando una pulverización de la misma.


LA COMPOSTURA
Durante los días que dura la cochura, el horno necesitará reparaciones. La arcilla que lo recubre se agrieta a causa del asentamiento de la construcción y las temperaturas a las que se ve sometido. A estas labores se les denomina compostura.

Es de las labores más duras del calero, pues se enfrenta cara a cara con el fuego, con la única protección de su experiencia y saber hacer, siendo sus principales herramientas la audacia y la eficacia. No se puede permitir fallos, ni acciones inadecuadas, dado el entorno y la situación extrema de calor en la que se encuentra. Además ha de controlar el tiempo empleado en la compostura, pues si se alargara demasiado provocaría un enfriamiento y retrasaría todo el proceso de cocción.

La arcilla que cubre la cabeza del horno se resquebraja y entre las grietas se pierde calor por fuga descontrolada de fuegos. Para ello, dos veces al día, a primera hora de la mañana y a última de la tarde, los caleros han de reparar el horno por la parte superior, asentando la arcilla de caliza desprendida y colocando arcilla nueva. El maestro aprovecha la dirección del viento para no padecer todo el calor desprendido. 

El trabajo se hace manualmente, preparando una parva de barro, realizada con un metro cúbico, aproximadamente de arcilla caliza, la cual se ha seleccionado con anterioridad en las pequeñas canteras existentes en el entorno. No todas las arcillas son aptas para estas valores, hay que saber seleccionar las más puras, en cuanto a suavidad, dado que la aplicación ha de realizarla con sus propias manos, y a plasticidad, para optimizar la cubrición de las zonas deterioradas y aumentar la durabilidad de la reparación. Entre tanto, otros operarios, junto al maestro calero, van asentando con largas barras de hierro, las zonas agrietadas, hasta que toda la zona deteriorada de la cabeza del horno queda asentada y homogénea, procediendo a tapar con barro.

El punto de cocción lo va indicando el color amarillo oro de la caliza se visualiza a través de los caños. Estos se van tapando con la intención de ir dirigiendo el fuego hacia otros. La acción se repetirá con todos y cada uno de ellos, unos cuarenta. El proceso se mantiene 1,5 hora, acompañado de la gran actividad y vigorosidad de los caleros, coordinados perfectamente, para soportar temperaturas extremas. La flaqueza e indecisión de un compañero, perjudicaría la labor e integridad del otro, la compenetración ha de ser perfecta.

Conforme pasan los días, la cabeza del horno baja, introduciéndose en el vaso. Si al principio media unos 3,5 m. ahora no alcanza los 80 cm. gracias a las labores de compostura, llegando a tapar todas las troneras así como la clave. Las labores de compostura finalizan, una vez se ha comprobado que la hornada está cocida en su totalidad.


LA CAL
Pasados unos días desde la finalización de la cocción, se procede a la extracción de la cal. En primer lugar, se retiran todas las piedras que formaban la cinta así como, la arcilla utilizada en las labores de compostura, dejando libre toda la cal cocida de la cabeza del horno. La cal aún mantiene una elevada temperatura, por lo que no se puede manipular con comodidad en estos primeros momentos. Se utilizan máquinas excavadoras para las primeras labores, dejando la cal extendida en el suelo, enfriándose.

Una vez fría, se selecciona la cal apartando los barros de arcilla cocida que puedan aparecer, para proceder al envasado o apagado según su destino en el mercado: cal viva en terrón, cal apagada en polvo y cal en pasta.

La cal viva en terrón es la forma más tradicional de comercializarla. El calero escoge los terrones de mejor calidad, envasándolos en sacos de plástico. Los terrones de menor tamaño, así como las arcillas cocidas y el polvo resultantes de las labores de compostura, van destinados a la fabricación de cal apagada (hidróxido cálcico). Reseñar que las arcillas cocidas resultantes, le aportan al hidróxido cálcico artesanal, propiedades hidráulicas que favorecen la rápida carbonatación y elevada resistencia a la compresión a los morteros con este producto, sin restarle elasticidad.


El proceso de fabricación de cal apagada en polvo se realiza al aire libre. La cal se extiende previamente en la polvera o suelo de la zona de apagado, se le aporta el agua necesaria por irrigación y, se remueve reiteradamente, mediante una pala excavadora, hasta conseguir su apagado completo. Tras reposar un par de días y enfriarse, se procede a molerla mediante molinos de impacto. Posteriormente se criba para conseguir los tamaños óptimos, dependiendo del uso al que se destine: elaboración de morteros para la construcción, tratamientos agrícolas, ganaderos, etc. Finalizado el proceso de molido, la cal en polvo pasa a las tolvas de envasado, donde reciben un último regado, garantizando el total apagado y la optimización del material.

El proceso de cal en pasta, es por inmersión. Para ello se utiliza un apagador o balsa, provisto de un agitador encargado de batir totalmente la cal de forma homogénea. La pureza de la cal artesanal de Morón de la Frontera, permite elaborar productos de altísima calidad. Esto se consigue gracias a la riqueza del carbonato cálcico utilizado en la calcinación, al combustible (leña de olivo), al tipo de horno y el sistema de cocción lenta y controlada por los expertos artesanos.

En la actualidad, se están fabricando morteros y pinturas de cal, sin necesidad de aportar componentes químicos, que satisfacen las necesidades de los mercados más exigentes.

Se está desarrollando una línea de productos de última generación, destinados a todo tipo de mercados: restauración, rehabilitación, bioconstrucción, etc. Sirvan de ejemplo, las cales hidráulicas, los morteros de cal en polvo o en pasta, los estucos, los tadelakts o las pinturas de cal, donde solo se utilizan para su elaboración, aditivos naturales presentes en la naturaleza, usados sabiamente por el hombre desde la Antigüedad.

La piedra caliza es una roca sedimentaria compuesta en su inmensa mayoría por carbonato cálcico “CaCO3”que después de someterlas a un proceso de calcificación a 1000ºC da lugar a una sustancia llamada oxido cálcico “CaO o cal viva”. Posteriormente debido a una reacción violenta de la cal viva con el agua, da lugar a una sustancia química denominada hidróxido cálcido Ca(OH)2 o cal apagada.



Reconocimientos e Inscripciones

1993  

Inventario de Arquitectura Popular de Andalucía de la Dirección General de Bienes Culturales de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.

2009  

Inscrito en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz como Bien de Interés Cultural (B.I.C.), con la tipología jurídica de Lugar de Interés Etnológico.

Miembro de la RED CIE, Red de Centros Etnográficos de Andalucía promovida por la Consejería de Innovación.

Ruta Cultural IAPH “De canteras, hornos, usos y significados: Ruta de la cal en la localidad sevillana de Morón de la Frontera”.

2010

Inscritos en el registro del Instituto Abdaluz del Patrimonio Histórico en el Atkas del Patrimonio Inmaterial de Andalucía.



2011

Declarado por UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad “Revitalización del saber tradicional de la cal artesanal en Morón de la Frontera (Sevilla, Andalucía)”.

A las 16.30 h. local (9,30 en España) del día 25 de noviembre de 2011, en la Convención para la salvaguarda del Patrimonio Inmaterial intangible, que se celebró en Bali (Indonesia), aprobó la candidatura presentada desde el Consejo de Patrimonio Histórico de España con el título “Revitalización del saber tradicional de la cal artesanal en Morón de la Frontera, Sevilla, España”, por iniciativa de la Asociación Cultural Hornos de Cal de Morón.

2013

Incluido en la Red Española de Turismo Industrial.

“Paisaje Protegido del Alto Guadaira”. Consejería de Medio Ambiente. Junta de Andalucía.

Ruta Internacional Andalucía y Marruecos. Instituto Andaluz del Patrimonio Artístico.

2016

Inscrito en el Registro de Paisajes de Interés Cultural de Andalucía. Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico. Consejería de Educación, Cultura y Deporte.

Incluido en Planes y Programas educativos de la Consejería de Educación, enmarcado en el Plan Nacional de Educación y Patrimonio. “VIVIR Y SENTIR EL PATRIMONIO”.




Desde el Espacio Santa Clara donde se encuentra ubicada la exposición "EN CAL VIVA" de Morón, legado ancestral en lo más profundo de la tierra y una de las señas de identidad más importante de nuestro pueblo, con la retina del recuerdo en el Museo de la Cal, para el blog de mis culpas...



Términos de interés

Antropología proviene del término griego ἄνθρωπος “hombre” y λόγος, «conocimiento» es la ciencia que estudia de forma integral al ser humano de forma integral.
Etnografía proviene del término griego  έθνος  "pueblo o  tribu"  y γράφω  "descripción", es el estudio integral de los pueblos y culturas.


Enlaces de interés